EL GRAN VACÍO

Uno
de los trucos que solían aprender los turistas que visitaban Nueva York era que
las Torres Gemelas estaban situadas al sur de Manhattan. Como eran visibles
desde casi todos los puntos de la ciudad les servían de punto de referencia
para no perderse. Eran tan grandes que, incluso a tres o cuatro kilómetros de
distancia, daban la impresión—engañosa—de estar cerca. y, a menudo, los
turistas decidían caminar hasta ellas sin ser conscientes del tiempo que les
llevaría llegar. Su enorme tamaño era su mayor atractivo y muy pocos podían
resistir la tentación de contemplar el mundo desde una altura de ciento diez
pisos.
Sin
embargo, vistos de cerca, eran dos edificios particularmente inhóspitos,
separados por un descampado de cemento poco acogedor y azotado por fuertes
corrientes de aire. Para los habitantes de Nueva York las Torres Gemelas eran
una presencia cotidiana en la línea del cielo, pero no he encontrado nunca a
nadie que las identificara como sus edificios favoritos. Nos servían a todos
como el patrón de medida para el resto de los rascacielos que, al lado de
aquellos dos gigantes grises, parecían enanos.
Ahora
las torres ya no están y los neoyorquinos nos sentimos un tanto desorientados
en lo espacial y en muchos otros aspectos de nuestras vidas. Nos resulta difícil,
por ejemplo, decidir cuál es la respuesta adecuada a este ataque. De ahí que,
en una ciudad acostumbrada a vociferar su opinión sobre cualquier tema, no haya
habido prácticamente ninguna manifestación ni en pro ni en contra de la guerra
en Afganistán.
Para
nosotros está muy claro que el ataque a las Torres Gemelas no fue un ataque a
los Estados Unidos como país, sino un ataque a la idea de diversidad y
tolerancia que convierte a Nueva York en una excepción dentro de Estados Unidos
y no en la norma. Identificar a esta ciudad como el modelo típico
estadounidense es falsear la realidad. Según el último censo, realizado en el
año 2000, el 40% de los habitantes de Nueva York nacieron en el extranjero, la
inmensa mayoría en los países menos desarrollados del mundo. La vitalidad de
la ciudad radica en la pluralidad de sus gentes y en su adhesión al sueño de
una vida mejor. Existen, sin duda, notables diferencias raciales, lingüísticas,
religiosas, culturales y económicas pero, al mismo tiempo, esas diferencias están
en constante discusión y negociación, y por ello sus efectos son mucho menos
nocivos que en otras partes del planeta. No existe en todo el mundo un ejemplo
de sociedad plural y tolerante que se acerque a los niveles de Nueva York;
incluso en los casos más positivos—como Holanda o los países
escandinavos—la proporción de minorías con respecto al total de la población
está tan lejos de las cifras de Nueva York que no son estadísticamente
comparables.
Esa
es la magnitud real de la tragedia: el ataque terminó con las vidas de unas
tres mil personas de ochenta países diferentes y destruyó los recuerdos de
muchos millones de turistas que algún día visitaron las Torres Gemelas pero,
ante todo, abrió una fosa horrible ante los ocho millones de habitantes de
Nueva York acostumbrados a vivir cada día con la idea de que ser diferente no
necesariamente significa ser enemigo.
Bernardo Valdés
Funcionario
de Naciones Unidas, Nueva York. Para EL
BAÚL