Había
una vez un
que tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.
Durante el largo camino hasta la capital se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio
»
Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba: «Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela»
Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando
al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás
de los pasteles.
En aquel momento pasaron por allí dos
que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:
-
, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?
Respondió:
- Tengo tanta hambre que me comería quinientos.
Ellos dijeron:
- ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!
Replicó:
- ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.
Dijeron:
- ¿Qué apostarás?
- Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.
Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:
- He perdido, señores.
Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela. Para burlarse de él decían:
- ¿Habéis visto este
villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?
Respondió él:
- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.
Al oír esto todos los que allí estaban comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron y el labrador quedó muy contento, sin hambre y sin dolor de muela.
Juan de Timoneda (Adaptación).