Animación a la Lectura

 

"Cuéntame un Cuento"

 MARÍA LA CENICIENTA (ESPAÑA)

Érase que se era un viudo viejo, vivía con su hija que se llamaba María. Cerca de ellos vivía una viuda a cuya casa María iba a buscar fuego todos los días, y la viuda le daba de comer golosinas. Esta vecina viuda le decía a María:

--Di a tu padre que se case conmigo, y yo te daré de comer golosinas toda la vida. Pero su padre le decía:

--No, María, porque ahora te dará miel, pero más tarde te dará hiel. María le contestaba:

--No, padre, es muy buena nuestra vecina.

Al fin su padre le dijo que se casaría con la vecina, pero le advirtió que no se quejara si después fuera mala con ella su madrastra.

La vecina tenía una hija que también se llamaba María, y de la misma edad de la primera. Poco después de casarse, la vecina empezó a maltratar mucho a María porque ésta era mucho más bonita que su propia hija. Le pegaba en la cara, y luego la echaba a la cocina con vestidos muy sucios. La insultaba constantemente poniéndole el sobrenombre de la Cenicienta.

María Cenicienta tenía una vaquita, con la que jugaba y se consolaba. La madrastra, envidiosa de que tuviera una vaquita con que entretenerse, consiguió que su marido le diera una también a su hija. Pero no se conformó con esto, sino que dijo a su marido que matara la vaquita de la Cenicienta porque la niña no hacía nada sino jugar con ella. Y aunque el padre lo sintió mucho, tuvo que consentir, por temor que si no lo hiciera su mujer se enojara aún más con la niña.

Cuando la Cenicienta supo que le iban a matar la vaquita, se puso a llorar y se fue a hacerle cariños. Entonces la vaquita le dijo:

--María, no llores. Cuando me maten, pide que te den permiso para ir a lavar mis menudillos, y dentro encontrarás una varita de virtud. Cuando

quieras algo, pídeselo a la varita y se te concederá. Guárdala bien, atadita en tu cintura, para que no te la vean.

Al día siguiente mataron a la vaquita, y cuando la Cenicienta fue al río a lavar los menudillos, dentro encontró una varita de virtud, la que escondió en su cintura. Cuando ya estaba acabando de lavar los menudillos y los tenía pronto en la batea, ésta se le fue río abajo. Ella se puso a llorar que su madrastra la iba a pegar duro. Mientras lloraba, vino una viejecita vestida de azul, quien le dijo:

--¿Por qué lloras, María?

--¿No he de llorar, señora? --le dijo--. Se me fue la batea con los menudillos que lavaba, y cuando mi madrastra lo sepa me va a matar a palos.

--No llores --dijo la viejecita--. Anda a aquella casita.

María obedeció y al llegar se puso a barrer, hacer fuego y preparar la comida de la viejecita. Después se acostó y durmió. Más luego tocaron a la puerta, y cuando ella la fue a abrir encontró su batea con los menudillos. La tomó y se fue a su casa.

--¿Por qué tardaste tanto? --dijo la madrastra.

María dijo que se había ido río abajo la batea y que una viejecita vestida de azul la había ido a buscar, mientras ella se quedó dormida en su casita, y que al levantarse había encontrado la batea en la puerta.

--¿Qué es esto que tienes en la frente? --dijo la madrastra.

--No sé --contestó ella.

Le trajeron un espejo y vio que tenía una estrella en la frente. Su madrastra trató de sacársela, refregándole la frente; pero mientras más la refregaba, más hermosa y brillante se ponía la estrella. Entonces la madrastra le hizo tapar la frente con un trapo para que nadie la viera, porque con la estrella se ponía aún más superior a su propia hija. La otra María le dijo a su madre:

--Madre, manda matar mi vaquita, y yo también iré a lavar los menudillos para que a mí también me salga una estrella en la frente.

Así lo hizo su madre, y la muchacha fue al río con la batea para lavar los menudillos. Mientras los estaba lavando ella echó la batea a nadar río abajo e hizo como si estuviera llorando. Luego apareció la viejecita vestida de azul y le dijo:

--¿Por qué lloras, hijita?

--¿No he de llorar --dijo ella--, cuando se me ha ido la batea río abajo?

--Ve a dormir en aquella casita --dijo la viejecita-- y cuando te despiertes encontrarás la batea.

Pero cuando ella llegó a la casita, la muchacha se puso a quejarse:

--¿En esta casa tan sucia, y en esta cama tan pobre he de dormir yo?

Hizo un desprecio y se sentó a esperar. Luego salió y encontró su batea en la puerta; la tomó y se fue a la casa. Cuando la vio su madre le dijo:

--¿Qué es esto que tienes en la frente, María?

Le trajeron un espejo y vio que tenía en la frente un moco de pavo. Su madre quiso sacarlo, pero mientras más se esforzaba, más grande y feo se ponía, hasta que al fin, no pudiendo sacarlo, le tapó la frente con un pañuelo de seda.

No mucho después se anunció un baile en la corte, y queriendo verlo María Cenicienta, sacó su varilla de virtud y le pidió buenos vestidos, coche y criados, y todo lo necesario para ir como una gran señora. Tuvo en el acto vestidos muy hermosos y todo lo demás que deseaba, y si bonita era antes, mucho más bonita se puso ahora. Se fue al baile en la hora que los demás de la casa se habían quedado dormidos, llegó a la corte y entró al palacio. El salón se alumbró con la estrella que tenía en la frente. El príncipe estuvo tan entusiasmado con ella que no bailó con otra en toda la noche.

Pero cuando fue hora de retirarse, ella salió corriendo para su coche. Iba tan de prisa que se le cayó una de sus chinelitas de vidrio, pero no se paró a recogerla. Corrió tan ligera que el príncipe, que la seguía, no alcanzó a detenerla. Solamente pudo recoger la chinelita.

Al día siguiente dijo el príncipe a sus servidores que fueran con la chinelita por toda la ciudad, buscando a su dueña, y cuando la encontraran se la trajeran, pues quería casarse con ella. Fueron de casa en casa, pero a nadie le vino bien la chinelita. Cuando la madrastra supo que iban a llegar a su casa los servidores del príncipe, mandó a su hija que se liara en los pies con trapos muy apretados para que tuviera los pies pequeños y así lograría casarse con el príncipe. Y para que no vieran a la Cenicienta con la estrella en la frente, la escondió debajo de una artesa. Cuando llegaron los servidores del príncipe, ya habían corrido toda la ciudad sin encontrar a nadie a quien viniera bien la chinelita. Fueron a probársela a la hija de la madrastra cuando su perrita empezó a ladrar:

--¡Guau, guau, guau! ¡Moco de pavo, en el estrado; la con estrella, debajo de la artesa! Y como la perrita repetía esto muchas veces, uno de los servidores se fijó en ello y dijo:

--Vean lo que dice esta perrita: «¡Moco de pavo, en el estrado; la con estrella, debajo de la artesa!»

Fueron a levantar la artesa y encontraron a María la Cenicienta. La sacaron y le probaron la chinelita; le vino perfectamente a su pie. Entonces ella sacó su compañera, se destapó la frente y vieron todos que era la misma bella que había estado en el baile. La llevaron en seguida al príncipe, a pesar de los gritos de la madrastra. El príncipe se casó con ella y se hicieron grandes fiestas reales.

Vivieron felices, comieron perdices, y a mí no me dieron porque no quisieron.

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