El grupo llega abatido a Villaviciosa. Mojados hasta las cachas, hechos grumo. La parada técnica sirve para reposar, tomar el desayuno largamente demorado y hacer los planes para el asalto a la siguiente etapa, que se nos antoja pasada por agua. Pero los peregrinos cuentan de vez en cuanto con el concurso de altas instancias capaces de cambiar para bien o para mal el devenir de los acontecimientos. Y a nosotros nos sucedió que fue para mejorar el tiempo y el camino, de suerte que hicimos la etapa tan bien y tan descansados que al final tuvimos la sensación de que el viento templado que soplaba desde la ría nos había llevado en volandas de Villaviciosa hasta el mismísimo Monasterio de Valdediós.
Allí nos recibió el Padre Jorge. Nos abrió de par en par las puertas del Monasterio y nos explicó todo cuanto había que saberse sobre tan insigne y santo lugar. Hicimos un repaso a la historia del sitio mientras recorríamos los tres pisos del claustro, y al final algunos nos quedamos con ganas de hacer noche y compartir con los monjes un poco de la mucha paz que irradiada aquel lugar.
Llegados al alto de la Campa, intuyendo el final de la etapa en Vega de Sariego, hacemos una pausa para comer y contemplar casi a vista de pájaro, el camino recorrido. Desde la misma Campa, donde los camiones que remontan ambas vertientes descansan ovillados en el reducido espacio del aparcamiento, sale un sendero que baja hasta Sariego. Es de tránsito sencillo; basta con dejarse caer cuesta abajo. Pero eso no quiere decir que este tramo no encierre alguna que otra dificultad. Pongamos el caso del poblado gitano, cerca de Figares: sito en medio del camino, y justo donde éste se bifurca en dos, el poblado se posa sobre un cieno ennegrecido por el trasiego, espeso y blando como le corresponde al barro de entrelluvias. Es un lugar gris, donde las casetas se arremolinan para darse calor y sentirse cerca, pues un poblado es como una casa grande donde cada chabola hace las veces de habitación y el desnudo centro del terreno, libre de latones y trozos de uralita, de salón-comedor; pues allí, donde el camino se hace dos, un mojón de hormigón, arrancado y vuelto a clavar sobre el espeso morcillo de tierra y de hojas, señala mal y confunde al caminante, que bien guiado hasta ese momento, se mete por vericuetos que no le llevan a ningún lado. Para salir airoso solo caben dos posibilidades: una es la de preguntar a cualquiera de los lugareños; le explicarán que ellos no entienden de señales pero que si la intención es ir a Oviedo hay que seguir la vereda de la derecha; otra consiste en equivocarse y llamar después por teléfono celular, tal y como hizo alguno de los peregrinos, que sin comerlo ni beberlo recorrió un tramo extra por si cupiera duda de su vocación caminera y penitente.
El pueblo de Vega de Sariego es muy tranquilo. El albergue es pulcro y coqueto; tiene una terraza desde la que se puede ver cómo el sol se despide de la tarde, y una escalera de madera que cruje al paso, por si fuera poco el crujido de tanto hueso maltrecho por el viaje.
De mañana se levanta un día radiante que calienta la vega después de una noche fría como el acero de un cuchillo. Los peregrinos, que ya se huelen el final del viaje, se vuelven un tanto apáticos y van muy a lo suyo, posiblemente contando las horas que faltan para el fin de semana, la juerga y el desvarío en la discoteca. Quizá también reflexionen sobre lo vivido los últimos días, pero menos.
En Lugones vemos a lo lejos la catedral, apuntando con su torre al cielo claro que se le ha puesto a la tarde. Algún caminante dice que es la primera catedral que ve en su vida; una vida que por un lado, puede parecer corta para ciertos lances, pero larga como para no haber reparado nunca jamás en tan notable edificio, que no tiene nada ni de pequeño ni de discreto. Pero ya se sabe que las visitas a Oviedo suelen ser para la compra y la diversión, y que cuando no hay interés, da lo mismo toparse con una catedral gótica que con un ingenio extraterrestre cargadito de candilejas y cintas de colores. Enfilando la entrada a la ciudad, el espacio urbano le va restando méritos al Camino, que termina convirtiéndose en un pasillo entre naves industriales y talleres mecánicos por el que transita una miríada de automóviles, escoltados siembre por monturas de humo espeso que se encabritan con cada acelerón.
El ritmo de los caminantes se hace apremiante durante los dos últimos quilómetros. La visión de la sólida y templada torre catedralicia nos traslada la convicción de que no va a moverse de su sitio por mucho que nos parezca que vive y responde alejándose un paso por cada uno de los nuestros.
No todos presentan sus respetos a San Salvador. Uno de los peregrinos se ha adelantado lo suficiente como para tomar el autobús urbano y perderse por la ciudad sin importarle mucho la solemne conclusión del viaje. A los pies de la monumental imagen románica, doblan la cerviz, más por contemplar el estado en que han llegado que en señal de respeto. Se sabe que los peregrinos suelen visitar la catedral y la Cámara Santa y así lo hacemos nosotros. Un guía nos relata una historia de tesoros y reliquias, reparando muy especialmente en el sudario y en la cruz de la victoria, y narrando al detalle el robo de algunas de las piezas de la cámara y su posterior regreso a casa. El Camino termina, por esta vez, en la cabecera del templo, rondando la girola y saliendo de nuevo a la plaza grande de la catedral. Ha sido una aproximación -con celulares y botas de marca, eso sí-, al concepto de viaje que los peregrinos de otras épocas imprimieron al Camino, transitándolo paso a paso con una mezcla de misticismo y espíritu práctico, unos en busca de la recompensa diferida en el más allá, y otros en la inmediata del día a día, ganándose el sustento con el comercio, el cultivo y la repoblación de las tierras recién conquistadas a los musulmanes. Quizá los nuevos peregrinos de la E.S.O. no hayan derrochado sentimiento ni empatía, pero la mayoría le puso ganas y confianza en que el pequeño reto merecía la pena de ser vivido y superado. Y con eso, la profesora y el profesor acompañantes se dan por bien servidos. Por lo menos, hasta la próxima...
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