Todo empezó un viernes cualquiera. Cuando salía de clase como todos los días me dirigí a mi casa, pero en el camino me encontré un mirlo negro como el carbón. Parecía estar enfermo. Yo quise llevarlo a mi casa, pero en el momento en el que lo toqué me entró una sensación de movimiento, parecía que me trasladaba a otra dimensión. De repente me vi vestida de harapos y descalza en lo que parecía un descampado triste y gris. Había una espesa niebla, pero conseguí distinguir al mirlo del camino a pocos metros de donde me encontraba, parecía querer que lo siguiese y como no sabía qué hacer y estaba impotente en esa situación decidí seguirle. Estaba totalmente desconcertada. ¿Dónde me encontraba?, ¿qué es lo que había ocurrido? De repente salí de mis cavilaciones, estaba frente a una cueva, entré en ella y de pronto el mirlo desapareció dejándose ver con la forma de un mago alto e imponente. En ese momento la entrada de la cueva se cerró con una enorme roca movida por alguna fuerza extraña. El mago con una voz estremecedora me dijo que si quería escapar de aquella cueva debería resolver el enigma, tenía que averiguar la forma de romper el agua. A continuación me entregó lo que parecía un silbato de hueso para llamarle en el caso de que descifrara el enigma, no antes. Dicho esto desapareció y me dejó en aquella cueva. Yo que hasta ahora no había conseguido articular palabra me puse a dar patadas a todas las paredes. Inútilmente intenté buscar todas las salidas posibles, pero así no conseguiría jamás escapar. Tras mucho tiempo, me resigné a empezar a buscar la solución al enigma, pues parecía la única forma de salir de allí. Pasaban los días, las semanas, los meses e incluso las estaciones, parecía que nunca lograría descifrar el enigma. Apenas dormía y de vez en cuando aparecía misteriosamente un plato de uvas en la entrada, este era todo mi alimento. Parecía haber llegado el invierno, ya se notaban las heladas y un día cuando me desperté fui a mirar (como hacía habitualmente) el exterior por una minúscula rendija de la entrada. Entonces vi un carámbano de hielo y súbitamente encontré la respuesta al enigma, arranqué el carámbano y lo rompí en mil pedazos. Saqué entonces mi silbato de hueso y lo soplé. Apareció entonces frente a mí el mirlo del camino e hizo ademán de querer que le tocara. Cuando lo hice sentí por segunda vez esa sensación de transporte y de repente me encontré otra vez en el camino con mi ropa y mi calzado de siempre, pero esta vez ya no estaba el pájaro. Parecía no haber transcurrido el tiempo, a pesar de que yo había estado por lo menos un año en la cueva. Yo misma empecé a cuestionarme si no habría sido todo una invención mía, pero en mi corazón sabía que había sido real.
Hoy, que ya han pasado muchos años de ello todavía no he contado a nadie mi vivencia porque sé que nadie me creerá jamás...
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