Desde que los vídeos se convirtieron en electrodomésticos de uso común, el cine, tanto en su vertiente documental como en la de ficción, se ha ido acomodando a la práctica docente como recurso novedoso que con el tiempo ha devenido en ordinario, muy socorrido para ilustrar o presentar temas de cualquier índole, pero también para sosegar a huestes de alumnos inapetentes en vísperas de alguna fiesta mayor. La utilización del cine en el aula no ha evolucionado en exceso, a pesar de la evidente mejora técnica. Más al contrario: desaparecidos o casi desaparecidos los cine-clubes de antaño donde se diseccionaba la “entraña” del contenido ético o estético, y rendidos a la magia-espectáculo que nos regala hoy la industria del ramo, se pasa por alto el hecho que las películas no son neutras sino que ofrecen modelos concretos de hombres y mujeres, defienden implícita o explícitamente normas y pautas de conducta, y promueven o sancionan unos determinados valores frente a otros. Por muy evidente y políticamente correcto que resulte su mensaje, cualquier proyección se convierte en pólvora mojada cuando se presenta desprovista de una cobertura didáctica capaz de encauzar, sin determinarla, la asimilación crítica de su contenido. El cine, por muy comprometido que esté, no es una ventana al mundo, sino una lectura subjetiva del mismo que en ocasiones escapa al control de los propios realizadores, y del que hemos de servirnos con todas las cautelas para no desvirtuar los fines formativos que nos hayamos marcado. Cualquier propuesta encaminada a la ampliación del espectro educativo del cine contaría con más posibilidades de éxito si, en primer lugar, tuviéramos la oportunidad de familiarizar al alumno con el lenguaje cinematográfico (por favor: ¡que nadie piense que esto es una velada petición de ampliar el currículo!), de manera que esto ayudara al joven espectador a discernir entre el contenido visual y los meros fuegos de artificio (sin restar un ápice al mérito de estos últimos), para luego poder cultivar el interés y la curiosidad por la corta pero extraordinariamente fértil historia de una forma de expresión artística que todavía no ha agotado todo su potencial técnico y estético. Partiendo de tales presupuestos, en Luces, y más concretamente en el ámbito de la tutoría, hemos promovido la utilización del cine introduciendo este recurso en los distintos planes y proyectos, con el objetivo de modificar ciertas dinámicas que encorsetaban la actividad tutorial dentro del aula, transformándolas en otras de mayor atractivo y un tanto más liberadoras para el tutor. Sin pretensiones audaces, hemos intentado sintonizar con esa predisposición incondicional del alumno hacia el formato cinematográfico, ofreciendo a los estudiantes la oportunidad de ver para luego reflexionar sobre cuestiones de difícil acceso cuando se utilizan las tradicionales técnicas de aproximación. Cuidando la selección de películas por niveles y sirviéndonos de un material de apoyo que nos permita orientar el debate, hemos abordado la sensibilización del estudiante hacia determinados valores, promoviendo hábitos de convivencia, conducta, salud… Paulatinamente, el proceso se ha ido modificando y ampliando con las aportaciones, sugerencias y observaciones realizadas por los docentes. Queda pendiente una evaluación global de los resultados que, o bien avale benévolamente nuestras aspiraciones de hacer del cine una herramienta competente, capaz de servir a nobles propósitos pedagógicos o, por el contrario, confirme la iniciativa como otra veleidad más de las muchas que aquejan a los amantes del séptimo arte… En este último caso nos aplicaríamos una máxima atribuida al prolífico Woody Allen, y que reza así: Si no te equivocas de vez en cuando significa que no estás aprovechando todas tus oportunidades.
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