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la revista del I.E.S. Luces. Marzo de 2008
 

en algún lugar ÁFRICA

 

En la primavera del pasado año cayó en mis manos un folleto del programa “Vacaciones en Paz” en el que se informaba sobre la posibilidad de acoger durante los dos meses de verano a un niño saharaui. Aliyen Mohamed Embarek, que tenía siete años y nunca había salido de los campamentos de refugiados de Tinduf, pasó con mi familia los meses de julio y agosto. Aliyen se adaptó a nuestras costumbres con facilidad; es más: a veces daba la sensación de que ya conocía lo que no había podido ver o vivir antes. Era paciente y observador, y siempre estaba pendiente del comportamiento de los demás para saber cómo reaccionar en cada circunstancia. Pero lo que más sorprendía de él era su nobleza y la bondad de su corazón. Su aspecto era esbelto, de tez morena, labios gruesos y pelo rizado; parecía un pequeño bereber del desierto. Rápidamente comenzó a hablar español por lo que poco a poco fuimos conociendo aspectos de su vida: tenía siete hermanos de su madre más otros dos que su padre había tenido con otra esposa anterior. Vivía en el Campamento 27 de Febrero, uno de los asentamientos de refugiados saharauis cerca de Tinduf, en Argelia, donde la vida no es nada fácil.


Desde que en 1975 Marruecos invadiera el Sahara, antigua colonia española, la represión sufrida obligó a parte de la población a huir fuera de sus tierras. Argelia los acogió, cerca de la frontera, en la llamada Hamada argelina, un territorio árido, en medio de un desierto de piedras y arena. Son cerca de doscientas mil personas las que viven repartidas en varios poblados y que subsisten en su mayoría gracias a la ayuda internacional. En el mes de febrero visitamos a la familia de Aliyen, que nos acogió demostrando su cariño y amabilidad. Allí pudimos observar las condiciones de vida de los refugiados. La Hamada carece de agua, por lo que en ella, a diferencia de los oasis, no se puede practicar la agricultura, la única actividad económica es el pequeño comercio. Las familias viven en casas de adobe hechas de ladrillo que fabrican a partir de agua y arena en moldes secados al sol. Cada familia dispone de una parcela en la que instalan varias edificaciones. La principal es la casa que suele tener tres o cuatro habitaciones; al lado hay otras dos construcciones más pequeñas: una es la cocina (cocinan con gas) y la otra el baño, que en realidad se limita a un pequeño WC separado de un espacio destinado al aseo; como no hay agua corriente, el suministro proviene de un depósito próximo a cada casa que se rellena mediante camiones cisterna. Completando el conjunto, se encuentra el espacio preferido de los saharauis, la jaima. La jaima es una enorme tienda de campaña, con varias puertas para que circule el aire; el suelo está cubierto de alfombras y las paredes son de telas de colores vivos; en torno a la estancia se colocan colchones y cojines para sentarse cómodamente a hablar o tomar el té, su bebida favorita.Las mujeres saharauis visten la melfa, un pañuelo propio de los pueblos árabes, pero de exótico colorido. Hombres y mujeres se tapan la cara cuando se precisa para protegerse del sol o del frío, la diferencia de temperatura entre el día y la noche requiere el uso de ropa de abrigo, especialmente por las noches.

En los campamentos la vida diaria transcurre con tranquilidad. Las mujeres se encargan de la casa, hacen la comida y cuidan de los niños. Los hombres trabajan en lo que pueden, como el transporte de mercancías, agua o personas; los que tienen algo más de dinero instalan modestos comercios como carnicerías, tiendas de alimentación, ropa o droguería. Resulta muy triste ver que algunos que han salido a estudiar carreras universitarias al extranjero no tienen en qué trabajar. Los niños y niñas de entre seis y doce años asisten por las mañanas a la escuela y por las tardes juegan, sobre todo al fútbol, ayudan en las tareas de la casa y cuidan de las cabras que cada familia tiene en un pequeño corralito.
En las casas no hay apenas muebles, pero la mayoría tiene TV que pueden ver gracias a una antena parabólica instalada junto a la casa y a las placas solares que les suministran energía eléctrica. Aliyen volvió este verano a pasar las vacaciones en Asturias y lo esperamos para el próximo. El programa Vacaciones en Paz es sólo para niños de edades comprendidas entre siete y doce años. ¿Qué ocurrirá a partir de entonces? Sólo cabe esperar que de una vez por todas se resuelva el problema de este pueblo olvidado por la ONU a merced de los intereses de las potencias aliadas de Marruecos en las materias primas del antiguo Sahara español. Mientras tanto seguiremos en contacto por teléfono móvil con él y su familia. Durante nuestra estancia en los campamentos nos enteramos de que había llegado el convoy enviado desde España con la ayuda aportada por el Instituto.

 
 
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