Artículo extraído de la página cultural de La Nueva España, 19 de febrero de 2004.
Autor: G.A. Megido.
 

Sobre el lenguaje sexista

¿Es no sexista decir “los niños y las niñas”? ¿Debo escribir “l@s niñ@s o “los/as niños/as” para no ser tildado de “políticamente incorrecto”?

El autor (doctor en Filología e inspector jefe del distrito de Avilés-Occidente en la Consejería de Educación del Principado) reflexiona, desde el punto de vista lingüístico, sobre asunto tan controvertido y tan de moda ante la cercana campaña electoral.

A nadie se le oculta que uno de los objetivos básicos e irrenunciables de cualquier sociedad moderna, en general, y de cualquier sistema educativo, en particular, debe ser la formación en la igualdad entre los sexos y el rechazo a toda forma de discriminación. En el ámbito concreto del lenguaje, conocida la frecuencia con que en él se reflejan las formas de pensar, sentir y actuar de una sociedad, es fácil imaginar que las lenguas, como instituciones creadas por el hombre, alberguen en su configuración interna rasgos formales o de estilo que resultan sexistas y que, por ello, es necesario combatir. Y es que a través del lenguaje se pueden transmitir códigos sociales inequívocamente sexistas. En nuestros días, son sexistas multitud de imágenes y mensajes presentes en los medios de comunicación o en los centros de trabajo. Dentro de éstos, los libros de textos y otros materiales didácticos exhiben con frecuencia imágenes y contenidos discriminadores de la mujer: presencia de personajes masculinos en situaciones de héroes audaces e intrépidos y, por el contrario, uso frecuente de personajes femeninos absolutamente marginales.

La fiscala

Ahora bien, algunas codificaciones lingüísticas tildadas de sexistas deben examinarse con extremo cuidado, pues pudieran no serlo, con lo que su rechazo podría llevar a errores o generalizaciones contrarios a la propia naturaleza del idioma.

Tales son los casos de la creación generalizada de femeninos analógicos (jueza, fiscala, militara, adolescenta o, incluso, jóvena) y de la explícita copresencia de la forma gramatical del género masculino seguida de la del femenino, para referirse a entes cuya caracterización sexual resulta innecesaria (los alumnos y las alumnas; las madres y los padres; los compañeros y las compañeras; o bien, bajo la forma escrita, absolutamente reprobable, del tipo los/as alumnos/as inscritos/as; o, peor aún, l@s alumn@s inscrit@s, l@s profesor@s citad@s).

Ambos fenómenos parten de sendas premisas fácilmente refutables. La primera sostiene que el género gramatical comporta siempre valores de contenido asociados al sexo. Sin embargo, como se verá, no siempre ocurre así, dado que el género es sólo un accidente gramatical, esto es, una pura valencia lingüística por medio de la cual determinadas magnitudes se combinan con uno de los tres géneros tradicionalmente distinguidos: masculino, femenino y neutro. En el caso de los nombres o sustantivos la combinación se da sólo con los dos primeros, es decir, o son masculinos o son femeninos; y así, mesa, pared, huerta, liebre, gata, mano y madre son femeninos, mientras que libro, muro, huerto, ruiseñor, perro, gorila y padre son masculinos.

La segunda y falsa premisa pretende que existan expresiones fónicas diferenciadas para cada sexo: la /-O/ final debe asociarse a entes machos, y la /-A/ a entes hembras. Pero la distinción entre masculino y femenino se manifiesta a través de variados procedimientos:

 

mediante la oposición fónica /o/, /a/ finales: gato / gata, huerto / huerta;

por medio de la sustitución de la /e/, /o/ finales del masculino por la /a/ final: jefe / jefa;

cambiando la terminación: gallo / gallina, actor / actriz;

o modificando la raíz: macho / hembra; madre / padre, etcétera.

En definitiva, si bien, mayoritariamente, la distinción entre los dos géneros se reconoce mediante la oposición fónica /-o/, /-a/, sería un error suponer que tales expresiones se asocian siempre e indefectiblemente con el masculino y femenino. Efectivamente, son infinidad los masculinos que no acaban en /-o/ (monje, alférez, árbol, coche, oasis...) y multitud los femeninos que no lo hacen en /-a/ (soprano, cárcel, nariz, crisis, pared...); y, por supuesto, muchos de los sustantivos acabados en /-o/ tienen género gramatical femenino (mano, libido, foto, etcétera, al igual que algunos nombres propios de mujer: Rosario, Olvido), y, al revés, bastantes de los que acaban en /-a/ son masculinos (gorila, auriga, profeta, poeta, planeta, día...); y, por supuesto, en muchos sustantivos se da una indiscriminación total, en la forma, entre los dos géneros, es decir, son sustantivos que con la misma y única terminación sirven a la vez al masculino y al femenino: testigo, guía, artista, mártir o pianista).

No hay razón, entonces, para proceder a una regularización a ultranza, violentando con ello la propia naturaleza interna del idioma. Tal medida nos induciría, en el caso, sobre todo, de los sustantivos referentes a personas, a crear expresiones finales distintas y disociadas para cada género, de modo que ante femeninos analógicos generalizados, como los citados arriba (jueza, fiscala, oficiala, estudianta o, incluso, testiga, adolescenta y jóvena), sería obligado regularizar también el masculino y actualizar en todos los caso formas como: pianisto, astronauto, pediatro, futbolisto y quién sabe si gorilo y calandrio.

El víctimo

Claro es que a esta tendencia apuntada contribuye también, como ya hemos dicho, la otra premisa falsa: la de suponer que el género comporta siempre valores de contenido asociados al sexo. Pero no siempre el sexo determina diferencias de género; de hecho, son abundantes los ejemplos de entes machos que en su mención tienen género gramatical femenino (la pantera, la liebre, la calandria), y no son pocos los casos de entes hembras que aparecen bajo el manto del masculino (el lagarto, el ruiseñor, el buitre), y ello, repetimos, a pesar de que en todas y cada una de las especies citadas haya machos y hembras. Incluso en nuestro mismo ámbito personal, existen sustantivos, como la víctima, la criatura y la persona, que son femeninos con independencia de que se puedan referir a seres de ambos sexos; y hasta el caracol, que es hermafrodita, tiene género gramatical masculino.

Pero es que, en multitud de ocasiones, el género no informa de sexo, sino de otros aspectos de la realidad y, lo que es peor, con frecuencia no informa de nada. En parejas del tipo jarro / jarra el género establece diferencias de tamaño; en casos coma el trompeta / la trompeta señala diferencias entre instrumento y usuario. Y, en fin, en sustantivos del tipo el muro, la pared... el género no informa de nada.

Nuevamente, entonces, si pretendemos regularizar aquí la pretendida equivalencia de masculino = macho + /-o/ y femenino = hembra + /-a/, volvemos a encontrarnos con el escollo de tener que establecer, de una parte, femeninos como la jilguera, la mosquita y la gorila y, de otra, masculinos –para mencionar a los machos–­ como el calandrio, el hormigo, el pantero y el gorilo. Y, por supuesto, los masculinos, referidos a entes racionales machos, como el víctimo, el criaturo y el persono

Conclusión

En definitiva, el género en castellano sólo conoce un valor constante: dotar a ciertas unidades de una determinada capacidad combinatoria, clasificándolas en dos categorías diferentes, sin que, por ello, los términos masculino y femenino prejuzguen un significado concreto, pues algunos de los valores añadidos son cambiantes y heterogéneos. Cuando el uso lingüístico ha decidido la indistinción de géneros, esto es, de sus valores de contenido normalmente asociados, entonces lo que se emplea es la forma externa del masculino, desprovista absolutamente de cualquier referencia de tipo sexual. Es en esta circunstancia cuando el masculino puede referirse a entes de uno y otro sexo, sin mención explícita de tal rasgo diferencial; de modo que cuando decimos “los alumnos deben ser evaluados conforme a criterios objetivos”, nos estamos refiriendo a entes –machos o hembras­– clasificados como “alumnos” y no como “profesores” o “máquinas”, por ejemplo. Decir que en este tipo de secuencias la mujer (la hembra) no se halla visualizada tiene fácil respuesta: el hombre (el macho) tampoco.

Tanto es así que en expresiones comunes o globales, como los padres o los alumnos, se produce esa fusión de géneros sólo cuando tales expresiones se están oponiendo a otras posibles del tipo los hijos o los profesores, por ejemplo; porque si hacemos una mención explícita oponiendo en la secuencia los dos géneros: los padres y la madres, los alumnos y las alumnas, entonces sí que el masculino recobra su vigencia, produciéndose la distinción de géneros en toda su extensión: alumnos = género masculino + entes machos y alumnas = género femenino + entes hembras. Así pues, en estos casos de copresencia la referencia es totalmente distinta. Además, esta expresión simultánea de los dos géneros –salvo que el contexto así lo exija– conlleva evidentes riesgos, dado que una vez que se procede con esa mención disociada, la sola referencia a uno de los dos géneros implicaría que el otro queda excluido. Más aún, en estricta coherencia, ese procedimiento no debería detenerse sólo en los sustantivos, sino también afectar a otros referentes lingüísticos capaces de variación:

“los alumnos y alumnas evaluados y evaluadas positivamente, y todos y todas cuantos y cuantas acreditaron formación suficiente serán notificados y notificadas fehacientemente”.

Nadie habla así.