Lejos queda ya una escuela donde los textos principales que se utilizaban en el aula eran estrictamente académicos o literarios, en la que la unidad de análisis era la oración aislada y la norma culta en lengua escrita presidía, de manera indiscutida, el currículo. Hoy el campo se ha ampliado extraordinariamente y los textos que hay que atender son infinitos. Por eso son importantes tipologías que ayuden a diferenciarlos, atendiendo a según qué rasgos y criterios.
Es cierto que las categorías cerradas, basadas en principios opuestos, difícilmente casan con la realidad multiforme, para la que otro tipo de lógica sería más apropiada. No obstante, estas categorizaciones, como las tipologías textuales, resultan metodológicamente útiles, de manera que vemos cómo la narración, la descripción y el diálogo ocupan un lugar destacado en los currículos; también están, aunque con una presencia quizás menor, la exposición/explicación y la argumentación.
Desde que han irrumpido con fuerza nuevas orientaciones como la pragmática, la lingüística textual y sociolingüística —que se centran en la lengua en uso, es decir, en los procesos por los cuales el ser humano produce e interpreta significados cuando utiliza el lenguaje—, ha ido ganando terreno una visión de la lengua inserta en un contexto social y, por lo tanto, sujeta a múltiples formas, producidas por múltiples agentes, en múltiples contextos de interacción. El contexto tiene un papel crucial pues, dependiendo de la situación en que se halle, el sujeto —agente, activo, competente—deberá elegir entre innumerables posibilidades que le ofrece la lengua y, en la elección correcta de las mismas, se halla la clave de su competencia comunicativa.
Ser competente significa evaluar conjuntamente el contexto lingüístico y el contexto pragmático —todo aquello de naturaleza no lingüística que rodea al acto de comunicación en sí— para producir, en el desarrollo de dicha interacción, un texto oral o escrito que responda y se adecue a las características sociales y culturales de la misma; dicho de otro modo, para crear actos de habla coherentes y adecuados a la situación comunicativa en la que se dan. Comunicarse no significa codificar y decodificar sino crear e interpretar mensajes atendiendo no solo a lo puramente lingüístico sino también a lo extralingüístico y que tienen significación dentro de este.
Está claro, por tanto, que el objetivo educativo ha de ser la consecución de dicha competencia comunicativa. El uso de cualquier tipo de texto, en cualquier soporte, de diferente finalidad y en diferentes contextos, sea un folleto, una carta, un discurso, publicidad, unas instrucciones, un poema, un prospecto, un cartel anunciador, una noticia, un reportaje, una exposición, un debate, un cuento, una convocatoria, una certificación, etc., puede ser un eficaz medio para, bien aprovechado didácticamente, contribuir a aumentar la deseable competencia comunicativa del alumnado.
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