15 monedas honestas
el
Mar de las Joyas
la perla
brillante
los cuatro
dragones
explotación didáctica
1. Lectura del cuento
2. Explicación del vocabulario
3. Comentario:
- ¿Qué opciones tenía el niño? (Se puede hacer una
lista y comentar las distintas opciones separadamente)
- ¿Cuál creen los alumnos que es la mejor opción?
- ¿Qué opciones tenía la madre?
- ¿Qué motivó las palabras del comerciante?
- ¿Qué nos enseña la historia? ¿Cuál es la moraleja?
- ¿Qué aspectos del cuento pertenecen exclusivamente a
la cultura china?
- ¿Nos recuerda este cuento a alguno que hayamos
podido leer?
4. Actividades escritas
- Los alumnos pueden escribir sus
propios cuentos que ilustren posibles recompensas por honestidad o
sinceridad. Alternativamente, algunos podrían escribir cuentos que ilustren
que la honestidad y la sinceridad no siempre son recompensadas.
- También pueden escribir un resumen
de lo que podría pasar si uno de ellos (u otro chico o chica que ellos
conozcan) encontraran una cartera conteniendo 500€ en el centro comercial.
Se les puede pedir que justifiquen por escrito las acciones que sugieran.
5. Ampliación
- Se puede establecer una comparación
con la historia de Salomón en la Biblia.
Cuento
Érase una vez una pobre mujer y su
hijo que vivían en una pequeña aldea. Todos los días se levantaban antes del
amanecer para recoger leña en el bosque. Luego el niño la llevaba al mercado
para venderla como combustible en cocinas y chimeneas. Con el dinero que
obtenía compraba las cosas que necesitaban: aceite, huevos y arroz, y luego
regresaba a casa.
Un día, cuando estaba en el mercado
esperando pacientemente a que la gente le comprara su leña, de repente vio
un pequeño monedero que seguramente se le había caído a alguien. No sabía
que hacer con él, así que corrió a su casa para enseñárselo a su madre.
“Madre, mira lo que he encontrado”,
dijo el niño.
Abrieron el monedero y contaron 15
monedas de oro.
“La persona que lo perdió debe estar
preocupada. Tienes que volver al mercado y encontrar a la persona que lo
perdió. Puede ser una persona tan pobre como nosotros que tenía pensado usar
el dinero para arroz y aceite. Tú simplemente tienes que permanecer en el
mismo lugar donde encontraste el monedero, y seguramente que la persona que
lo perdió vuelve a buscarlo allí. El conservar las monedas me hace sentir
muy mal, o sea, que apresúrate y encuentra al propietario”
Así que, tal como deseaba la madre, el
chico volvió al mercado para encontrar al propietario. Poco tiempo después
se dio cuenta de que un comerciante miraba para todos los lados como si
hubiera perdido algo.
“¿Señor, ha perdido usted algo? Le
preguntó el chico.
“Sí, he perdido un monedero. Debe
habérseme caído en alguna parte”
“¿Es este el monedero, señor? Preguntó
el niño al comerciante.
“¡Oh, sí! Exclamó el hombre, e
inmediatamente comenzó a contar las monedas que había dentro.
“1, 2, 3, ...¡15! ¡Sólo hay 15! Tenía
30 monedas en el monedero. Tú te has quedado con 15. ¿Cómo te atreves a
robar mi dinero?”
“Yo soy honesto, señor, se lo aseguro,
había solamente 15 monedas en el monedero”, lloraba el niño.
Comenzaron a discutir, y poco después
una gran multitud de gente se reunió allí para ver lo que pasaba. La
discusión empeoró, cada uno acusando al otro de no ser honesto. La gente que
se arremolinaba alrededor les decía que fueran a ver al juez para terminar
con la disputa, así que, al final, una larga hilera de gente se encaminó hacia la oficina del juez.
“¿Cuántas monedas había en el
monedero?” Preguntó el juez al chico.
“Quince, señor”
“¿Y contaste tú solo las monedas?
“No, señor, mi madre también estaba
allí, y las contamos juntos”, explicó el chico.
Al oír esto, el juez mandó a llamar a
la madre y le preguntó lo mismo.
Ella contestó con honestidad que había
quince monedas en el monedero.
“Le dije a mi hijo que volviera al
mercado inmediatamente para intentar encontrar al propietario”
El juez echó una larga mirada a la
mujer y a su hijo, y luego le preguntó al comerciante:
“¿Cuánto dinero has perdido?”
“Perdí 30 monedas de oro. Este chico
me ha robado 15 monedas. Exijo que me las devuelva inmediatamente.”
El juez echó una larga mirada al
comerciante también y consideró qué sería lo más justo. Después de un rato,
una ligera sonrisa apareció en su rostro y declaró:
“Como insistes en que has perdido un
monedero con 30 monedas de oro, este monedero no puede ser el tuyo, por lo
tanto no lo podrás reclamar”.
Mirando al chico, dijo:
“Dado que tú encontraste el monedero y
nadie con derecho a él lo ha reclamado, puedes quedarte con el dinero para
comprar las cosas que tu madre y tú necesitéis. Caso cerrado”
Todas las personas en la sala, excepto
el comerciante, se sintieron satisfechos, y creyeron que había sido la mejor
decisión”
Arriba
Hace mucho, muchísimo tiempo, un
pequeño niño chino llamado Kwang-Su vivía en la ciudad de Yo-Chan con su
padre y su madre, que lo querían mucho y lo protegían de los malos
espíritus, genios malos, de los cuales había muchos en China en aquella
época, por lo que la madre del pequeño Kwang-Su lo cuidaba lo mejor que
podía.
Todos saben en China que los genios
malvados no se acercarían a un niño chino si se le ata un lazo de color rojo
en su trenza, o si lleva una cadena de plata alrededor del cuello. También
todos saben en China que los genios malvados sienten pánico de las redes de
pesca. Por lo tanto, la madre de Kwang-Su le hizo una camisa de una red de
pesca antigua para llevar debajo de la ropa, y tenía sumo cuidado de que su
trenza llevara siempre un lazo de la seda roja más brillante que el dinero
pudiera comprar. También tenía mucha importancia el hecho de que se afeitara
la cabeza de la manera adecuada y siempre era conveniente dejar un mechón de
pelo de punta en lo alto de la cabeza, que traía buena suerte. Todo esto le
hacían a Kwang-Su, por lo que atravesó sin dificultad los problemillas
típicos de la primera infancia y creció y se convirtió en un chico alto,
guapo y fuerte.
En esa época dejó de llevar la camisa
de red de pesca, aunque todavía llevaba la cadena de plata en el cuello y se
aseguraba de llevar siempre la seda de color rojo en su trenza.
Un día el padre de Kwang-Su dijo:
“Es hora de que este chico vea un poco
el mundo, debe ir a Yun-nan y estudiar con los hombres sabios de allí para
descubrir muchas cosas que debe saber”
Yun-nan era una gran ciudad, y Shun-Che,
el maestro al que enviaron a Kwang-Su era el hombre más sabio de allí. Con
él, Kwang-Su aprendió todo lo que sabían los hombres sabios del mundo,
además de otras muchas cosas. Al cumplir dieciocho años se quitó la cadena
de plata del cuello y la cinta roja de su trenza, porque la gente adulta se
suponía que no necesitaba esos amuletos para protegerse de los genios
malvados.
Al cumplir los veinte años, Shun-Che
le dijo que ya no le podía enseñar nada más:
“Es hora ya de que vuelvas con tus
padres y los acompañes y cuides en su vejez”, le dijo Shun-Che a Kwang-Su,
muy triste, porque era su alumno favorito.
“Haré lo que me dices”, replicó Kwang-Su
obedientemente, “me pondré en marcha mañana y abandonaré la ciudad por el
Puente Dorado”.
“No debes atravesar el Puente Dorado”,
dijo Shun-Che, “Debes ir por el Puente Azul, porque allí vas a conocer a tu
futura esposa”.
“Pero yo no pienso todavía en una
esposa”, dijo Kwang-Su.
“Mejor”, dijo Shun-Che guiñándole un
ojo y riéndose, “porque cuando la hayas visto una sola vez, no podrás pensar
en nada más”.
Por la mañana, Kwang-Su tenía sueño y
no se puso en camino tan pronto como debería, porque había estudiado mucho
la noche anterior y se durmió justo antes del amanecer. Cuando despertó, el
sol brillaba en las calles de Yun-nan y se puso en camino con un bastón en
la mano, porque había prometido que se iría ese día.
Se dijo a sí mismo que descansaría un
poco en el Puente Azul y luego reanudaría la marcha con el fresco de la
tarde, pero cuando alcanzó el puente estaba tan cansado que se durmió de
nuevo y soñó que una bella y alta doncella se le aparecía y le enseñaba su
pie derecho, alrededor del que había atado un cordel rojo. Kwang-Su no era
capaz de quitar los ojos de su rostro y mirar a su pie, pero al fin
preguntó:
“¿Qué significa esto?”
A lo que la chica, a su vez preguntó:
“Y qué significa el cordón rojo que tienes tú alrededor de tu pie?”
Kwang-Su miró a su pie derecho y se
dio cuenta que estaba atado al de la muchacha con el mismo cordón rojo, por
lo que adivinó que ella debería ser su futura esposa.
Entonces le dijo a la chica: “he oído
a mi madre decir que cuando nace un niño el Hada de la Luna le ata un cordón
rojo invisible alrededor de su pie derecho, y al otro extremo del cordón le
ata el pie a una niña que haya nacido aquellos días, con la cual él se ha de
casar algún día”.
Y la muchacha le respondió: “Eso es
cierto y este cordón es invisible para la gente que está despierta. Ahora te
voy a decir mi nombre y debes recordarlo cuando lo oigas de nuevo: es Ling-Ling”.
Kwang-Su comenzó a decir: “Ahora te
diré yo el mío…”, pero Ling-Ling lo detuvo, sonriendo: “Yo sé tu nombre y lo
sé todo de tí”.
A Kwang-Su le sorprendió mucho lo que
acababa de oír, pero era cierto que en Yun-nan todo el mundo le conocía por
ser el más guapo y el más sabio y el más amado de los alumnos que nunca tuvo
Shun-Che.
Ling-Ling vivía cerca de la ciudad y
había visto a menudo a Kwang-Su caminando por la calle con sus libros.
Cuando Kwang-Su despertó se dio cuenta, tal como había dicho la muchacha, de
que no había ningún cordel alrededor de su pie, ni doncella hermosa,
tampoco.
“Me pregunto si es real o solamente
una doncella soñada”, se dijo a sí mismo.
Y entonces se puso en camino, pensando
en Ling-Ling todo el tiempo. Después de un rato sintió tanta sed que paró en
una casita al lado del camino y le pidió a una anciana que estaba sentada a
la puerta que le diera algo de beber. La mujer llamó a su hija para que
llenara su mejor copa con agua fresca del manantial y que se la trajera al
viajero y, cuando la hija apareció… ¡era la mismísima Ling-Ling!
“Oh,”, se lamentaba Kwang-Su, “creía
que quizás nunca te volvería a ver de nuevo y te acabo de encontrar, tan
pronto”.
A lo que la muchacha, riéndose,
preguntó: “Y, ¿cuál es mi nombre?”
“Es Ling-Ling”, replicó Kwang-Su,
“Ling-Ling…Ling-Ling”, repetía una y otra vez, tal como había ido repitiendo
todo el camino.
Ling-Ling permanecía a la puerta de la
casita, con un albaricoque lleno de flores sobre su cabeza. Iba vestida de
blanco, pero llevaba encima un sobrevestido azul intenso, bordado con unas
hermosas flores que ella misma había trabajado, y representaba un cuadro tan
bello de juventud que Kwang-Su quedó totalmente hechizado.
“¿Y cómo es que conoces a Ling-Ling?!,
preguntó la anciana, “¿Quién eres?”, añadió mirándolo con fijeza.
Resultó que la anciana era sabia en
cuestiones de magia y le había dado a Ling-Ling el poder de meterse en los
sueños de las personas de su elección, pero cuando oyó el sueño de Kwang-Su
y lo del cordón rojo y que quería casarse con su hija, no parecía estar muy
contenta. Kwang-Su no era un mal partido, pues sus padres llevaban una vida
desahogada y él era hijo único, pero la mujer se quejaba.
“Si tuviera dos hijas, podrías
quedarte con una de ellas, estaría encantada”, dijo la anciana.
El asunto era que Ling-Ling era una
muchacha muy hermosa y un mandarín de Yun-nan quería casarse con ella,
cuestión que la anciana le explicó a Kwang-Su.
“Él tiene cuatro veces tu edad, es
cierto”, dijo la madre de Ling-Ling, “pero es muy rico, todos sus platos y
fuentes son de oro y se dice que las copas también, con incrustaciones de
diamantes”.
“Pero no me quiero casar con él”, dijo
Ling-Ling, “Es viejo y está arrugado como un mono marrón y, además, el Hada
de la Luna no me ató el pie al de él”.
“Eso es cierto”, suspiró su madre.
A la anciana le hubiera gustado
decirle a Kwang-Su que siguiera su camino, pero sabía que el cordón rojo
realmente había atado su pie con el de su hija, por lo que no era muy seguro
mandarlo a paseo y lo invitó a pasar a su casa.
“Entra y veré lo que te puedo
prometer”, dijo la madre de Ling-Ling.
El interior de la casa olía a perfume
de hierbas que estaban esparcidas por todo el suelo y en el centro de la
habitación había un taburete de madera con un mortero y una mano.
“Oh, este taburete”, dijo la anciana,
“muelo aquí las pociones mágicas que me dan los genios, pero la mano y el
mortero están rotos, quiero unos nuevos”.
“Iré a Yun-nan y te compraré unos
nuevos”, dijo Kwang-Su.
“No valdrán, porque éstos están hechos
de jade y solamente se pueden conseguir unos iguales en la casa de los
genios, que está en una montaña sobre el mar de las joyas. Si eres capaz de
hacer eso por mí, te casarás con Ling-Ling”, dijo su madre.
“Lo haré”, dijo Kwang-Su, “pero debo
ver a mis padres primero”.
Él no tenía ni idea dónde estaba la
casa de los genios, pero Ling-Ling lo sacó al jardín y le enseñó en la
distancia unas montañas con las cumbres cubiertas de nieve, con uno de los
picos sobresaliendo sobre los demás.
“Allí es donde viven los genios”,
dijo, “Arriba en el Monte Fumi, donde se sientan sobre la nieve y miran
hacia abajo, hacia el Mar de las Joyas”. Luego continuó: “Pero para llegar
al Monte Fumi, debes cruzar el Río Azul, el Río Blanco, el Río Rojo y el Río
Negro, que están llenos de peces monstruosos. Allí es donde mi madre te
manda”, suspiró Ling-Ling, “Ella cree que nunca regresarás con vida”.
“Los peces no me asustan”, dijo Kwang-Su,
“Y además, sé nadar”.
“Pero debes prometerme que no
intentarás nadar”, insistió Ling-Ling, “te devorarían en un momento. Lleva
esta caja contigo, hay seis semillas rojas dentro. Arroja una en cada río
cuando llegues a él y menguará hasta convertirse en un pequeño arroyo sobre
el que podrás saltar”.
Kwang-su miró a las seis redondas
semillas, cada una del tamaño de un guisante y prometió usarlas tal como
Ling-Ling le decía. Luego la besó y se puso en camino. En su ruta hacia la
montaña pasó por Yo-Chan, donde sus padres vivían y los fue a ver y les
contó todo lo que le había pasado desde que se había ido de casa.
La madre de Kwang-Su era una mujer muy
sabia, como lo son todas las madres, y le dijo que los genios se enfadarían
si convertía sus cuatro grandes ríos en arroyos y probablemente se negarían
a darle el mortero de jade. Kwang-Su dijo que no había pensado en ese
detalle.
“De todas formas, no debe
preocuparte”, dijo su madre, “porque te daré una caja que contiene seis
semillas y todo lo que tienes que hacer es echar una en cada arroyo cuando
lo cruces de nuevo cuando vuelvas a casa, y volverán a ser ríos de nuevo”.
Por la mañana, Kwang-Su besó a su
madre y se puso en camino. Descansaba durante las horas de calor del
mediodía y continuaba el viaje cuando refrescaba algo, y así durante siete
días hasta que llegó al río Azul. Tenía un ancho de unos 300 metros y era
tan azul como el cielo de verano y los peces asomaban sus cabezas fuera del
agua en todas direcciones. Las cabezas de aquellos peces eran dos veces el
tamaño de un balón de fútbol, con dos hileras de dientes, pero Kwang-Su
arrojó una semilla roja en el agua y al momento, en lugar del ancho río, a
sus pies se encontró con un arroyuelo. Los enormes peces se habían
convertido en unas diminutas criaturas y saltó atravesándolo sin problemas.
Lo mismo sucedió cuando se encontró
con los demás ríos, los atravesó sin problemas después de haber arrojado una
semilla en cada uno.
Al cruzar el último río se encontró
con uno de los genios que había bajado del pico nevado de la montaña para
ver quién se había atrevido a disminuir de aquella manera a los tres
poderosos ríos. Enseguida Kwang-Su le enseñó las semillas blancas de la otra
caja.
“Puedo hacer que los ríos vuelvan a
ser tan anchos como antes cuando vuelva”, le dijo al genio, “pero primero
debo encontrar la casa de los genios y conseguir un mortero de jade para mi
futura suegra para que pueda moler sus pociones mágicas en él”.
“Pero primero debes atravesar el río
Negro”, dijo el genio con una sonrisa sarcástica. “tiene una milla de ancho
y sus peces son de seis metros de largo, y cubiertos de pinchos”.
“¿Te importaría contarme cómo haces tú
para cruzarlo?, preguntó Kwang-Su.
“Por supuesto que no, yo puedo volar”,
respondió el genio.
“Y yo puedo saltar”, replicó Kwang-Su
decidido.
Así que se pusieron en camino juntos y
al cabo de poco tiempo llegaron al río Negro, una gran extensión de agua tan
negra como la tinta. A Kwang-Su se le encogió el corazón, pero tomó la
cuarta semilla y la vio desaparecer bajo una ola tan negra como el carbón.
Al instante el río se secó, dejando solamente un estrecho arroyo que corría
entre la hierba, a sus pies.
El genio estaba impresionado por las
maravillas que Kwang-Su parecía capaz de hacer y, como tampoco era tan mala
persona, le ofreció mostrarle el camino más corto para llegar a la casa de
los genios en lo alto del monte Fumi. Después de una larga y penosa
ascensión, llegaron allí y encontraron a ocho de los genios sentados en ocho
picos nevados y mirando hacia abajo, hacia el Mar de las Joyas, tal como
Ling-Ling había dicho.
Kwang-Su tampoco podía separar la
vista del Mar de las Joyas, porque era una lámina de agua tan hermosa, que
brillaba con todos los colores del arco iris. Se olvidó por completo del
mortero mirando las olas llegar a la orilla y dejando tras ellas rubíes,
zafiros y perlas a millares. Cada uno de los cantos rodados de la playa era
una piedra preciosa y lo único que quería era bajar hasta allí para llenarse
los bolsillos con ellas. Así que allí se quedó, embobado, mientras el genio
que lo había guiado les contaba a los demás el motivo de su visita y les
hablaba de las maravillosas semillas rojas y blancas que llevaba consigo.
“Debemos darle el mortero que pide”,
dijo, “o no nos devolverá nuestros ríos”.
Los ocho genios asintieron con la
cabeza y hablaron todos a la vez con una voz que era como truenos entre las
montañas: “Que se lo lleve si puede con él”, dijeron.
Y luego se echaron a reír a carcajadas
hasta que las cumbres nevadas se sacudieron bajo ellos, porque el mortero
hecho de jade era tan enorme que nadie lo podría levantar. Cuando al fin
Kwang-Su dejó de mirar al Mar de las Joyas rodeó el mortero y se preguntó
cómo sería capaza de bajarlo de la montaña y llevarlo a través de las
llanuras hasta Yun-nan. Se sentó al lado de él a pensar y pensar, mientras
los genios se reían de él.
“Lo puedes cargar muy fácilmente”,
dijeron, “y si deseas llenarlo con piedras preciosas, puedes hacerlo, si
eres capaz de llevarlo vacío, eras capaz de llevarlo también lleno”.
Kwang-Su seguía sentado allí, de
brazos cruzados y pensaba y pensaba, y no prestaba atención a su sarcasmo.
Para nada había estudiado él durante tres años con el hombre más sabio de
Yun-nan y, además, tenía el firme propósito de casarse con Ling-Ling.
Entonces, de repente, una gran idea se le ocurrió y saltó a preguntarle al
genio amable si le podría hacer un pequeño montón de piedras al lado del
mortero.
“Quiero mirar dentro de él y no soy
suficientemente alto”, dijo.
“Y, ¿por qué no lo haces tú mismo?”,
preguntó el genio.
“Porque debo ir al Mar de las Joyas a
recoger piedras preciosas”, contestó Kwang-Su.
Así que corrió montaña abajo hacia el
agua y cogió diamantes y rubíes y perlas y esmeraldas y zafiros, tantos como
podía llevar. Volvió a hacer lo mismo una y otra vez, hasta que llenó el
mortero con tantas piedras preciosas que le convertirían en el hombre más
rico de China. El viejo mandarín era el hombre más rico de Yun-nan, pero si
él se convertía en el más rico de todo el reino, tendría muchas más
posibilidades de casarse con Ling-Ling.
Cuando terminó de llenar el mortero
los genios le preguntaron: “y bien, ahora ¿que?, ¿vas a llevarlo a hombros o
sobre la cabeza?
Kwang-Su respondió simplemente: “Lo
llevaré bajo el brazo”.
Entonces tomó su pequeña caja y dejó
caer una de las semillas rojas encima de las piedras preciosas y al momento
el mortero se encogió y se convirtió en uno de tamaño normal, que Kwang-Su
tomó con sumo cuidado para no tirar las piedras preciosas.
Hizo una reverencia a los genios y
dijo: “Adiós, y gracias a todos”.
Los genios lanzaron entonces el
bramido más horrible que nunca se haya oído, sonó como si treinta leones
hambrientos rugieran a la vez. Ahora no había risas, sino ira y enfado, pero
no se atrevían a pararlo porque sabían que tenía poder para volver a
convertir los cuatro arroyos en ríos de nuevo.
En el camino de vuelta, Kwang-Su hizo
exactamente lo que les había prometido a los genios, que cesaron de rugir
cuando vieron que los ríos volvían a su tamaño original, y que nunca nadie
podría encontrar su casa, pues nadie se atrevería a cruzar aquellos
peligrosos ríos que los separaban del mundo exterior.
Luego, durante siete días, Kwang-Su
continuó su viaje hasta alcanzar al fin la casa de sus padres en Yo-Chan.
Les contó todo lo que había pasado desde que los dejó, y por cada semilla
que su madre le había dado el le regaló un diamante, un rubí, una esmeralda,
una perla, un zafiro, un topacio rosa, cada uno tan grande como un huevo de
petirrojo.
Después, fue a Yun-nan y allí se dio
cuenta, que si bien había estado fuera un mes, la madre de Ling-Ling le
había contado a todo el mundo que él había muerto. Además, había invitado a
todos sus amigos a un festejo para celebrar la boda de su hija con el
mandarín.
Afortunadamente, la boda todavía no
había tenido lugar cuando Kwang-Su llegó, pero Ling-Ling estaba de pie bajo
el árbol de los albaricoques con su vestido de novia que estaba hecho de
seda rosa y con bordados de plata. Cuando vio a Kwang-Su se arrojó en sus
brazos y lloró de felicidad. Kwang-Su puso el mortero en el suelo para
confortarla, en el mismo momento que su madre llegaba corriendo a verlo.
“Has llegado muy tarde a casarte con
Ling-Ling”, dijo, “pero te compraré el mortero con algo del dinero que el
mandarín me ha dado”.
“Ni un solo trocito”, replicó Kwang-Su.
En ese mismo momento dejó caer una de
sus semillas blancas dentro del mortero, que al momento aumentó de tamaño
hasta que cubrió todo el jardín, y que estaba rebosando piedras preciosas.
Lo siguiente que hizo Kwang-Su fue subirse a una de las ramas del árbol, y
desde allí, arrojó a los invitados rubíes y diamantes y toda clase de
piedras preciosas. ¡El que más se apuraba a recogerlas era el viejo
mandarín!
“Nadie puede tener demasiado de las
cosas buenas”, decía al recoger las brillantes piedras.
“¡Miradlo!”, gritaban los demás
indignados, “como si él no tuviera copas de oro con diamantes incrustados”.
Entonces Kwang-Su le ofreció tres
rubíes, tan grandes como huevos de gallina, con la condición de que se fuera
y no dijera nunca nada más de casarse con Ling-Ling. El viejo mandarín
entonces cogió los rubíes y se fue. Quizás sabía que no tenía ninguna
oportunidad frente a él, que repartía joyas como si fueran cantos rodados y
quizás también prefería los tres grandes rubíes más que casarse con Ling-Ling.
Cuando el viejo mandarín se fue, Kwang-Su
y Ling-Ling se casaron en la ciudad donde vivían su padre y su madre y
fueron tan felices como merecían por todo lo que se querían.
Arriba
Hace mucho, muchísimo tiempo
había un dragón de jade tan blanco como la nieve que vivía en una cueva en
la roca en la orilla este del río Celestial y un hermoso fénix dorado que
vivía en el bosque al otro lado del río.
Al dejar su casa cada mañana
el dragón y el fénix se encontraban antes de ir cada uno por su lado, uno a
volar en el cielo y el otro a nadar en el río Celestial. Un día ambos
llegaron a una isla encantada donde encontraron una piedrecita brillante que
les fascinó con su belleza.
“Mira que hermosa es esta
piedra”, le dijo el fénix dorado al dragón de jade.
“Vamos a pulirla y darle
forma para que se convierta en una perla”, dijo el dragón de jade.
Entonces se pusieron a
trabajar la piedra, el dragón utilizando sus garras y el fénix su pico. La
pulieron día tras día, mes tras mes, hasta que al final la convirtieron en
una pequeña y perfecta esfera. Emocionado, el dragón voló hacia la montaña
sagrada para recoger gotas de rocío de la mañana y el fénix recogió agua
clara del río Celestial, para rociar y lavar la esfera. Gradualmente se
convirtió en una perla deslumbrante. Ambos se habían hecho tan amigos que
ninguno quería volver a su hogar, por lo que se establecieron en la isla
encantada, guardando la perla.
La perla era mágica: cada
vez que brillaba, todo iba mejor, los árboles se volvían verdes todo el año,
las flores de todas las estaciones florecían a la vez y la tierra daba sus
mejores cosechas.
Un día, la Reina Madre del
Paraíso, al salir de su palacio vio a lo lejos los brillantes rayos que
irradiaba la perla y, impresionada por la visión, se propuso ser la
propietaria de la perla. Envió a uno de sus guardianes en mitad de la noche
a robársela al dragón de jade y al fénix dorado mientras dormían. Cuando el
guardián volvió con ella, la Reina Madre estaba encantada, decidió que no se
la enseñaría a nadie e inmediatamente la escondió en el cuarto más recóndito
del palacio para llegar al cual había que atravesar nueve puertas con
cerrojos.
Cuando el dragón de jade y
el fénix dorado se despertaron por la mañana, se encontraron con que la
perla faltaba. Desesperadamente, se pusieron a buscarla por todas partes: el
dragón escrudiñó cada rincón del fondo del río Celestial, mientras que el
fénix dorado barría cada pulgada de la montaña sagrada, pero todo fue en
vano. Continuaron su búsqueda día y
noche, con la esperanza de recuperar su valioso tesoro.
El día del
cumpleaños de la Reina Madre, todos los dioses y diosas del Paraíso fueron a
su palacio para felicitarla. Ella preparó una gran fiesta, entreteniendo a
sus invitados con néctar y albaricoques celestiales, la fruta de la
inmortalidad. Los dioses y las diosas le dijeron:
“Ojalá que tu
fortuna sea tan grande como el Mar del Este y tu vida dure más que la
Montaña del Sur”
La Reina
Madre estaba emocionada y, con un súbito impulso, declaró:
“Mis queridos
amigos inmortales, quiero enseñaros una preciosa perla que no se puede
encontrar ni en el Paraíso ni en la Tierra”
Entonces sacó
las nueve llaves de su bolsillo y abrió una por una las nueve puertas. Del
más recóndito cuarto del palacio sacó la perla brillante, la colocó en una
bandeja de oro y cuidadosamente la llevó al centro del salón de baile, que
inmediatamente quedó iluminado por sus destellos. Todos los invitados
quedaron fascinados por su brillo y la admiraban embobados.
Mientras
tanto, el dragón de jade y el fénix dorado continuaba su infructuosa
búsqueda, cuando, de repente, el fénix dorado vio su brillo y resplandor en
la distancia y llamó al dragón de jade: “Mira, ¿no es nuestra perla?”
El dragón de
jade sacó su cabeza del río Celestial y miro y dijo: “Por supuesto que es,
no hay duda, vamos a recuperarla”
Volaron hacia
la luz, que les condujo al palacio de la Reina Madre. Cuando tomaron tierra
allí, encontró a todos los dioses y diosas inmortales apelotonados alrededor
de la perla, alabándola admirados. Empujando y abriéndose camino entre la
multitud, el dragón de jade y el fénix dorado gritaron a la vez: “¡Esta es
nuestra perla!”
La Reina
Madre se puso furiosa y exclamó: “Tonterías, yo soy la madre del Emperador
del Paraíso, y todos los tesoros me pertenecen”.
El dragón de
jade y el fénix dorado se enfadaron entonces mucho por lo que la reina decía
y protestaron:
“El paraíso
no ha creado esta perla, ni ha nacido de la tierra, fuimos nosotros quienes
le dimos forma y la pulimos, nos llevó muchos años de duro trabajo”.
Avergonzada y
furiosa, la Reina Madre agarró fuertemente la bandeja y ordenó a los
guardianes del palacio que expulsaran al dragón de jade y al fénix dorado,
pero ellos lucharon con todas sus fuerzas, con la determinación de
arrebatarle la perla a la Reina Madre. Los tres pelearon por la bandeja
dorada, que, al ser zarandeada en la pelea salió disparada, y con ella la
perla, que rodó hasta el borde de la escalera para luego caer al vacío.
El dragón de
jade y el fénix dorado salieron corriendo como una exhalación, intentando
evitar que la perla se rompiera en pedazos. Volaron en su búsqueda, hasta
que al final se posó con suavidad en la tierra. Al tocar el suelo, la perla
inmediatamente se convirtió en un claro y verde lago.
El dragón de
jade y el fénix dorado no podían soportar la idea de separarse de él, y se
convirtieron en dos montañas, quedando para siempre al lado del lago.
Desde
entonces, la Montaña Dragón de Jade y la Montaña Fénix Dorado permanecen
serenamente a ambos lados del Lago del Oeste.
Arriba
Hace muchos, muchísimos años, no había ni ríos ni lagos
en la tierra, solamente existía el Mar el Este, en el que vivían
cuatro dragones: el Dragón Largo, el Dragón Amarillo, el Dragón Negro y el
Dragón Perla.
Un día, los Cuatro Dragones salieron a la superficie del mar y decidieron ir
a darse una vuelta por el cielo. Allí jugaron al escondite entre las nubes
esponjosas, volaron y planearon, saltaron y rieron.
De repente, el Dragón Perla gritó: -¡Venid aquí, rápido!
-¿Qué ocurre? – preguntaron los otros tres, mirando hacia dónde señalaba el
Dragón Perla. Sobre la tierra, vieron a mucha gente sacando frutas y tartas
y quemando varitas de incienso. ¡Estaban rezando! Una mujer joven,
arrodillada en el suelo con un niño delgado sobre la espalda, imploraba:
- Por favor, Dios del Cielo, envíanos lluvia rápido o no tendremos nada para
comer….
No había llovido desde hacía mucho tiempo. Los cultivos se marchitaban, la
hierba se volvía de color amarillo y los campos se secaban bajo el sol
abrasador.
- ¡Pobre gente! ¡Qué pena me dan!- dijo muy triste el Dragón Amarillo.
- Si no llueve pronto, no tendrán nada para comer y morirán…- dijo el Dragón
Negro.
Los Cuatro Dragones se quedaron muy pensativos buscando
alguna solución para ayudar a la gente de la Tierra.
- ¿Y si fuéramos a ver al Emperador Jade y le pidiéramos que enviara lluvia
a la Tierra? - propuso el Dragón Perla.
- ¡Muy buena idea! – contestó el Dragón Amarillo.
- ¡Sí! ¡Seguro que él podrá ayudar a esa pobre gente! – contestó el Dragón
Negro.
Así que los cuatro Dragones se dispusieron a visitar al poderoso Emperador
Jade, que vivía en el Palacio Celestial.
El Emperador Jade era muy poderoso, ya que se encargaba de los asuntos del
Cielo, de la Tierra y del Mar. Los cuatro Dragones entraron corriendo en el
Palacio Celestial. El problema que les traía era realmente urgente, pero al
Emperador no le gustaron aquellas prisas, ya que estaba en un concierto de
hadas.
- Qué estáis haciendo aquí, vosotros? – les preguntó enfadado. – ¿No
deberíais estar en vuestro Mar?
El Dragón Largo se acercó al Emperador y le dijo: - Majestad, hemos venido a
pedirle que envíe un poco de lluvia a la Tierra. Los cultivos en la Tierra
se están secando por falta de lluvia y pronto las gentes no tendrán nada
para comer.
- Está bien- dijo el Emperador Jade.- Iros tranquilos. Mañana enviaré la
lluvia.-
Y siguió escuchando tranquilamente las canciones de las
hadas.
- ¡Muchas gracias Majestad! – contestaron felizmente los Cuatro Dragones.
Pero pasaron diez días y todavía no había caído una gota de agua sobre la
Tierra. La gente pasaba hambre. Comían cortezas de árbol o raíces de plantas
y cuando esto se acabó, comieron incluso arcilla.
Viendo esto, los Cuatro Dragones se sintieron muy mal y se dieron cuenta que
el Emperador Jade sólo se preocupaba de pasárselo bien, sin tomar en serio
los problemas de la gente. Sólo podían confiar en ellos mismos para ayudar a
la gente de la Tierra. Pero, ¿cómo iban a hacerlo?
Mirando hacia el mar, el Dragón Negro dijo que había tenido una gran idea.
- ¿Qué es? Venga, rápido, ¡cuéntanoslo! – gritaron los otros tres Dragones.
- Mirad, ¿no veis que hay muchísima agua en el mar en el que vivimos?
¡Podríamos llenar nuestras bocas de agua y luego rociarla sobre la Tierra!
¡Sería como la lluvia!- explicó el Dragón Negro.
- Es una idea fantástica – dijo el Dragón Amarillo.
- Los campos se regarán y la gente podrá recoger las cosechas y no morirá de
hambre! ¡Vamos chicos, no hay tiempo que perder!
- Esperad un momento- dijo el Dragón Perla muy pensativo.
- ¿Qué ocurre ahora? ¿No ves que tenemos prisa? – contestó el Dragón Largo.
– ¡La gente de la Tierra está esperando la lluvia!
- ¿No habéis pensado que el Emperador Jade nos castigará si se da cuenta?
- A mi no me importa- contestó el Dragón Largo con determinación. –Haría lo
que fuera para ayudar a esa gente.
- ¡Pues a mi tampoco me importa! – contestó el Dragón Perla.
El Dragón Amarillo y el Negro se miraron y dijeron a la vez: - ¡A nosotros
tampoco!
- Entonces, ¡manos a la obra! ¡Pase lo que pase, nunca nos arrepentiremos de
esto!- exclamó el Dragón Negro.
Así que volaron hacia el mar. Abrieron bien sus bocas y las llenaron de
agua. Volvieron a alzar el vuelo y revolotearon por el cielo, produciendo
viento. Sus alas taparon el sol y la gente miró al cielo creyendo que de
verdad se avecinaba una gran tormenta. Entonces los cuatro Dragones
empezaron a pulverizar el agua sobre la tierra.
Cuando habían vaciado sus bocas, volvían a llenarlas en el mar y subían al
cielo otra vez. Y así lo hicieron una vez y otra, hasta que había caído una
buena lluvia sobre la Tierra.
La gente salió de sus casas mirando hacia el cielo y gritando con alegría: -
¡Está lloviendo, está lloviendo! ¡Salvaremos la cosecha!
El agua cayó sobre la Tierra y los campos reverdecieron. La gente cantaba
para agradecer al Dios del Cielo la lluvia y los niños bailaban y saltaban
sobre los charcos de agua.
Cuando el Emperador Jade se dio cuenta que estaba lloviendo se puso furioso. ¿Cómo se habían atrevido a llevar lluvia a la Tierra sin su permiso? Ordenó
que sus soldados fueran a buscar a los Cuatro Dragones y los trajeran ante
él. Estaba dispuesto a castigarlos muy duramente por haberlo desobedecido.
Cuando los Dragones estuvieron en el Palacio Celestial, el Emperador Jade
llamó al Dios de la Montaña y le ordenó que trajera cuatro montañas para
encerrar a los Cuatro Dragones. El Dios de la Montaña trajo volando cuatro
montañas y las colocó sobre los cuatro Dragones, que quedaron atrapados sin
poder moverse.
Aún así, los Cuatro Dragones nunca se arrepintieron de lo que habían hecho,
porque habían ayudado a gente que lo necesitaba.
Convencidos de querer hacer siempre buenas acciones para ayudar a los
hombres, los Cuatro Dragones se convirtieron en cuatro ríos, que fluyeron a
lo largo de altas montañas y profundos valles, cruzando la tierra y
ofreciendo su agua a las gentes, para llegar finalmente al mar.
Y de esta manera se formaron los cuatro grandes ríos
de China:
·
Heilongjian (el Dragón Negro) al norte
·
Huang He (el Dragón Amarillo) en el
centro
·
Changjiang (Iang-Tsé o río Largo) al sur
·
Xi Jiang (Perla) en el lejano sur
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