Tislet e Isli
(Marruecos)
Hace muchos años, el jefe de la tribu Ait Haddidou anunció el nacimiento de
su hija, Tislet. En su honor, el jefe declaró que se organizarían grandes
festejos, "no se escatimarán gastos", anunció a los habitantes del pueblo,
"será una celebración como la que nunca ha habido".
Cuando llegaron los días de los festejos, la gente del pueblo reconoció que
el jefe era en realidad un hombre de palabra: desde el amanecer hasta la
puesta del sol de ese día, la gente del pueblo se reunió bajo un parasol de
palmeras, cantando canciones tradicionales y bailando los ritmos de los
vientos del Atlas. Cuando el sol se puso sobre las dunas la gente de la
tribu levantó los vasos llenos de té de menta para brindar por la vida larga
y feliz de la niña.
Pero no acababan de tomar el primer sorbo de té, cuando la adivinadora del
pueblo se abrió paso entre la muchedumbre, dirigiéndose directamente hacia
la hijita del jefe. A nadie le sorprendió que examinara la manita de la niña
y anunciara que la niña crecería y se convertiría en una persona amable y
cariñosa. Unos pocos levantaron las cejas, sin embargo, cuando la
adivinadora declaró que la niña sería un día más hermosa que la lluvia de la
primavera. "Demasiada belleza", murmuraron entre ellos, "es cosa peligrosa".
Sin embargo, nadie se esperaba sus palabras finales: "Esta niña está
destinada a casarse con el hijo de nuestro mayor enemigo".
Los cánticos y los brindis terminaron de golpe; todos quedaron de piedra al
conocer el destino de la niña.
Nadie estaba tan aturdido como el jefe mismo, que había luchado durante
mucho tiempo contra su enemigo Berebere del sur y lo odiaba con una venganza
envenenada.
Inmediatamente, los consejeros del jefe le abordaron. "Quizás", le
aconsejaron, "Tislet debería ser asesinada". Un matrimonio de la hija del
jefe con su enemigo Berebere sin duda conduciría a una guerra más amarga y
más larga, "¿no era mejor sacrificar una sola vida, antes de poner en
peligro la paz en la región?"
El jefe permaneció en silencio y su esposa se arrojó a sus pies, pidiendo
compasión por su hija. Justo en el momento en el que el jefe iba a anunciar
su decisión, uno de los familiares de su mujer, que estaba intrigado por lo
que había dicho la adivinadora sobre la belleza de la niña, intercedió:
"No le hagáis daño, tan pronto como alcance la edad adecuada, yo me casaré
con ella, me la llevaré al norte, y allí, nunca podrá poner los ojos sobre
el hijo de nuestro enemigo, y nuestro pueblo estará seguro".
Las lágrimas inundaron los ojos del jefe, que rodeó con sus brazos al
familiar. La posibilidad de ver a su hija sacrificada, aunque fuera por una
buena causa, habría arrasado su alma más profundamente que cualquier herida
de guerra.
"La vida de la niña se salvará", murmuró. Luego, en voz alta, declaró:
"Tislet será alejada del pueblo, vivirá en lo alto de las montañas, lejos de
la gente, hasta que llegue el día de su boda. Nuestra tribu vivirá en paz".
La fiesta terminó.
Despacio y en silencio, la
gente volvió a sus hogares, no muy convencidos de que incluso siendo un jefe
bueno y noble, él fuera capaz de ganarle la batalla al destino.
Durante muchos años, Tislet vivió en una cueva en lo alto de las montañas
del Atlas, con la única compañía de una doncella. Al principio su madre la
iba a visitar cada semana, y su padre acudía también cuando no se lo
impedían sus deberes en el pueblo. Aunque eran felices al verla, el dolor de
dejarla era aún mayor. Cada vez que volvían al pueblo se les hacía más
difícil. Se vieron incapaces de soportar tal tristeza, y sus visitas se
hicieron menos frecuentes.
Tislet no era del todo infeliz, era una niña amable y alegre que hacía
amistades con cada flor, hormiga, incluso serpiente y cada estrella.
Un día, cuando Tislet tenía doce años, vio una paloma blanca volando sobre
ella. "Buenos días, Lalla", le dijo a la paloma. Al decirle adiós a la
paloma, una flecha voló atravesando el cielo y derribó a la paloma. Tislet
corrió hacia el animal herido, lo recogió y lo acunó en sus brazos. Un chico
moreno de ojos verdes apareció detrás de un arbusto. Tenía uno o dos años
más que Tislet, y llevaba un arco y unas flechas. "¿Fuiste tú el que hizo
esto?", le preguntó Tislet enfadada y llorosa. El chico estaba atontado por
la belleza de la chica. "Lo siento", respondió, "no sabía que era tu
paloma". El chico tomó la paloma de los brazos de la niña y le dijo que no
estaba malherida y que trataría de curarle el ala. Al ver que él lo sentía
de verdad, Tislet se ablandó y antes de que terminara el día ella y el
chico, que se llamaba Isli, eran grandes amigos. Cada día al mediodía, Isli
se escapaba de su pueblo para ir a ver a Tislet. Le lanzaba una señal desde
debajo de su cueva y al oírlo Tislet se escapaba de la vigilancia de su
doncella y corría a encontrarse con Isli.
Un día, cuando Isli subía a la montaña vio a Tislet salir de la cueva
gritando: "¡Padre!". La vio correr hacia un hombre que subía por la montaña
del otro lado. Llevaba un traje de la tribu Ait Haddidou, la tribu enemiga
de la de Isli. El chico quedó atónito y con lágrimas en los ojos corrió
montaña abajo, jurando que nunca más volvería a ver a Tislet. Mientras
tanto, el padre de Tislet la cogió de la mano y dijo: "hija, tengo noticias,
ha llegado el momento de que te cases con nuestro pariente. Él te llevará
lejos, hacia el norte, donde podrás vivir en un pueblo y formar una familia,
y serás feliz".
Tislet quedó callada y su padre continuó: "El matrimonio tendrá lugar dentro
de dos días".
Cuando su padre se fue, Tislet corrió montaña abajo, buscando a Isli, pues
no podía estar separada de él, era el chico que amaba. durante horas vagó
por las montañas, llamándolo, pero no pudo encontrarlo. Al anochecer, volvió
a la cueva y lloró hasta quedarse dormida.
Al día siguiente, Tislet esperó a Isli al mediodía, pero una vez más, él no
apareció. Por la noche, estaba frenética, y se dio cuenta de que sólo había
una cosa que podía hacer: escapar. Si es que no podía estar con Isli, no se
casaría con ningún otro hombre. Pero al recoger sus cosas y algo de comida
para el viaje, oyó un sonido familiar. Encantada, corrió fuera de la cueva y
al ver a Isli, se arrojó en sus brazos. Tislet le contó lo que su padre le
había dicho, y que el matrimonio iba a tener lugar al día siguiente. "Debo
huir", le dijo, "No me casaré con nadie, excepto contigo".
"Yo juré que nunca más te volvería a ver", le contestó Isli, "pero no puedo
vivir sin ti". Entonces él le contó todo acerca de la larga enemistad de sus
familias. "Nuestras familias nunca nos dejarán casarnos, nuestros padres son
los peores enemigos", Isli dijo.
Durante toda la noche estuvieron planeando su escapada: correrían hacia el
oeste, hacia el océano. Construirían una hermosa casa de barro y piedra, y
tendrían cinco hijos: tres niños y dos niñas.
Al salir el sol, Tislet e Isli se quedaron dormidos sobre una roca, y no se
dieron cuenta de que un grupo de hombres ascendía lentamente la montaña.
Cuando su padre vio a Tislet dormida en brazos de Isli, se arrojó sobre él
con rabia ciega. Pero Isli pudo esquivar los golpes de su jefe y corrió.
"Me voy tras él", dijo el jefe, "coge a la chica y llévatela de aquí", le
dijo al pariente.
Tislet lloraba amargamente, y soltándose del pariente, corrió tan rápido
como pudo. Cuando ya no pudo más, se detuvo, pero sus lágrimas no las podía
detener, lloró tanto que se formó una piscina de agua alrededor de sus pies,
y la tierra comenzó a desmoronarse. Al caer en la tierra mojada, Tislet
gritó: "¡Isli!", y la palabra se multiplicó en el eco de las montañas.
En pocos minutos, se había formado todo un lago en el lugar en el que ella
estaba, y en la distancia, Isli oyó su voz. "¡Tislet!", gritó él a su vez.
Sabía que estaba muriendo, y comenzó a llorar con tal amargura que la tierra
se abrió a sus pies y él cayó al abismo. El jefe observó perplejo cómo el
chico se hundía en el lago de sus propias lágrimas. "Verdaderamente, amabas
a mi hija", dijo el jefe. Y despacio, comenzó a caminar hacia el lugar en
que había visto a su hija por última vez. Se arrodilló al lado del lago, y
durante muchos días permaneció allí, murmurando entre lágrimas: "Perdóname".
El jefe más adelante decretó que a ninguna hija de su tribu se la obligaría
a casarse contra su voluntad. En honor a Isli y Tislet declaró que se
celebraría un festival cada año durante el que los chicos y las chicas
jóvenes de todo el Atlas se reunirían para encontrar el verdadero amor. El
festival todavía se celebra hoy en día.
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