Había una vez una bruja que era muy aseada.  Cada mañana salía a barrer el cielo con su escoba encantada.

   Después, cuando lo había dejado bien limpio y reluciente, se quedaba mirándolo un rato mientras se tomaba un café.

   Pero he aquí que un día de cielo resplandeciente apareció una nubecilla revoltosa que se plantó allí encima.

   - ¡Fuera de aquí! ¿Es que no ves que acabo de barrer? - le dijo la bruja. Pero la nube no le hizo ni caso.

   -¡He dicho que te vayas! - insistió la bruja.

   Pero nada. Con aquella nube no habría podido ni un huracán.

   Pero a la bruja no le hacía ninguna gracia volver a barrer.

   - La esconderé bajo el tejado.

   Y se subió al tejado. Y, mientras con una mano lo levantaba una pizca como si fuera una alfombra, ¡plof!, coló la nube debajo.

   -¡Asunto arreglado, pensaba la bruja, mientras se bebía otro cafetito.

   Pero la nube, que era traviesa de verdad, volvió a salirse por la chimenea.

   Y se quedó allí plantada, disimulando, como si fuera humo.

    

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  Última modificación: 8 de febrero de 2002.