|
|

|
| Había una vez una bruja que era muy aseada. Cada
mañana salía a barrer el cielo con su escoba encantada.

Después, cuando lo había dejado bien limpio y
reluciente, se quedaba mirándolo un rato mientras se tomaba un café. |
| Pero he aquí que un día de cielo resplandeciente
apareció una nubecilla revoltosa que se plantó allí encima.
- ¡Fuera de aquí! ¿Es que no ves que acabo de barrer?
- le dijo la bruja. Pero la nube no le hizo ni caso. |
| -¡He dicho que te vayas! - insistió la bruja.
Pero nada. Con aquella nube no habría podido ni un
huracán.
Pero a la bruja no le hacía ninguna gracia volver a
barrer.
- La esconderé bajo el tejado.

|
| Y se subió al tejado. Y, mientras con una mano lo
levantaba una pizca como si fuera una alfombra, ¡plof!, coló la nube
debajo.
-¡Asunto arreglado, pensaba la bruja, mientras se
bebía otro cafetito. |
| Pero la nube, que era traviesa de verdad, volvió a
salirse por la chimenea.
Y se quedó allí plantada, disimulando, como si fuera
humo. |
|

|
|