1. Bruno recuerda que le gustaba jugar a los exploradores


    Portada de El niño con el pijama de rayas

    Portada de El niño con el pijama
    de rayas

    Bruno llevaba meses mirando por la ventana de su dormitorio y contemplando el jardín, el banco con la placa, la alta alambrada, los postes de madera y las demás cosas que le había descrito a la Abuela en su última carta. Y pese a que observaba a menudo a aquellas personas, a los diferentes tipos de personas con sus pijamas de rayas, nunca se le había ocurrido preguntarse qué significaba todo aquello.

    Era una especie de ciudad aparte, cuyos habitantes vivían y trabajaban juntos, separada de la casa donde habitaba él por una alambrada. ¿De verdad eran tan diferentes? Todas las personas de aquel campo llevaban la misma ropa, aquellos pijamas y gorras de rayas; y todas las personas que se paseaban por su casa (excepto Madre, Gretel y él) llevaban uniformes de diversa calidad y con diversos adornos, gorras, cascos, llamativos brazaletes rojos y negros, e iban armadas y siempre parecían tremendamente serias, como si todo fuera muy importante y nadie debiera pensar lo contrario.

    ¿Dónde estaba exactamente la diferencia?, se preguntó Bruno. ¿Y quién decidía quiénes llevaban el pijama de rayas y quiénes llevaban el uniforme?

    A veces los dos grupos se mezclaban, como era lógico. Bruno había visto muchas veces a personas uniformadas al otro lado de la alambrada, y observándolas se dio cuenta de que eran quienes mandaban. Los del pijama se ponían en posición de firmes cuando se les acercaban los soldados, y a veces se caían al suelo y ni siquiera se levantaban y tenían que llevárselos.

    "Es curioso que nunca me haya preguntado qué hace esa gente ahí -pensó el niño-. Y es curioso que con todas las veces que los soldados van allí -había visto incluso a Padre pasar al otro lado en muchas ocasiones-, nunca hayan invitado a nadie del otro lado a venir a esta casa" (...).

    Miró hacia la derecha, hasta donde alcanzaba la vista, y vio que la alta alambrada se prolongaba hacia el infinito bajo el sol, y se alegró de que así fuera, porque aquello significaba que él no sabía qué había más allá y podía ponerse a andar para averiguarlo, pues al fin y al cabo en eso consistía explorar. (Herr Liszt sólo le había hablado de una cosa interesante en las clases de Historia: de hombres como Cristóbal Colón y Américo Vespucio; hombres con vidas tan llenas de aventuras y tan interesantes que no hacían sino confirmarle que él quería ser como ellos cuando fuera mayor.)

    Sin embargo, antes de echar a andar en aquella dirección, había una última cosa que investigar: el banco. Bruno llevaba meses contemplándolo, escudriñando la placa desde lejos y llamándolo "el banco de la placa", pero sin saber qué ponía en la placa. Miró a izquierda y derecha para comprobar que no venía nadie y luego se acercó corriendo al banco. Sólo era una pequeña placa de bronce y Bruno la leyó en silencio.

    "Obsequiado con motivo de la inauguración... - vaciló un instante- del Campo de Auchviz -continuó titubeando un poco como solía ocurrirle-. Junio de 1940".

    Estiró un brazo y la tocó; el bronce estaba muy frío, así que apartó rápidamente los dedos. Respiró hondo e inició su excursión. En lo único que Bruno intentaba no pensar era que tanto Madre como Padre le habían advertido en innumerables ocasiones que estaba prohibido pasear en aquella dirección, que estaba prohibido acercarse a la alambrada del campo, y sobre todo que en Auchviz estaba prohibido explorar.

    Sin excepciones.

    El niño con el pijama de rayas, John Boyne (capítulo 9, págs. 101-104).
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