Así nació la escritura

Nos costó miles de años aprender a leer y a escribir. La invención de signos que expresaran palabras supuso un proceso largo y complejo que revolucionó la comunicación entre las personas

Por Narcís Fernández

Las primeras letras que aprendimos de niños fueron las cinco vocales. Luego llegaron las consonantes. Es probable que se nos haya olvidado aquel dibujo de un burrito que, a fuerza de mirarlo, introducía en la memoria, por asociación, la letra "b". Con un mayor esfuerzo, comprendimos que, por ejemplo, el dibujo del burrito junto al de un abanico construían la sílaba "ba". Así fue cómo, poco a poco, aprendimos a leer y a escribir. Pero, por extraño que parezca, las primeras civilizaciones aprendieron a escribir con palabras enteramente formadas y con sílabas, antes que con letras individualizadas. Las vocales tardarían milenios en aparecer. El único terreno en común lo constituye aquel burrito que, durante un tiempo, tuvo para nosotros el significado de una letra determinada: las formas asociadas a los signos.
La trayectoria que lleva a otorgarle a un dibujo un valor de signo fonético, independiente de lo que expresa a primera vista, es muy ardua e implica un nivel de abstracción asombroso, especialmente si tenemos en cuenta que la humanidad lo realizaba por vez primera. Y no debemos extrañarnos si, en ocasiones, el proceso no avanzara hacia mayores logros y se estancara sin posibilidad alguna de evolución. Es el caso de las culturas precolombinas.

Los problemas de la arcilla
Al principio se escribía en sentido vertical. Más tarde, como se aprecia en esta tablilla de escritura cuneiforme de Uruk, se haría de izquierda a derecha por no emborronar con la mano lo que se acababa de escribir sobre la arcilla todavía húmeda. La escritura sobre piedra, como estos textos de plegarias en el ropaje del rey sumerio "Patesi Gudea" (al lado), no presentaba este inconveniente y siguió tallándose verticalmente.

Los incas edificaron megalíticas construcciones y elaboraron precisos calendarios, pero sus inscripciones nos resultan comprensibles mediante sus dibujos, sin apoyo de forma lingüística alguna. Dicho en otros términos: carecían de escritura propiamente dicha. Mesoamérica, donde despuntaron las civilizaciones maya y azteca, ofrece un sistema de memorización de dibujos que prácticamente significan lo que representan.
Los aztecas, sin embargo, alcanzaron un mayor nivel y hasta utilizaban ciertos fonemas –sonidos– con los que formaban palabras. Tal vez pudieron evolucionar hacia una escritura totalmente fonética como la nuestra, pero la llegada de los conquistadores españoles truncó aquel hipotético proceso. En cualquier caso, sus ideogramas difícilmente hubiesen podido desembocar en la genial simplificación que ofrece el alfabeto. Para ello se requiere un mayor nivel de abstracción. Como tantos otros logros de la humanidad, el milagro se produjo en la Grecia del siglo VII a.C. No obstante, el camino resultó arduo y se había iniciado miles de años atrás. 

Las primeras muestras de escritura realizadas por el ser humano proceden de la ciudad sumeria de Uruk, erigida en la orilla derecha del río Éufrates, en la Baja Mesopotamia. Allí, una expedición arqueológica alemana halló en 1929 millares de tablillas de cerámica grabadas con signos cuneiformes –caracteres en forma de cuña– que datan de alrededor del año 3300 a.C. Tras descifrarlas, lo que más asombró a los especialistas fue que, en fechas tan tempranas, pudiera ser posible una escritura tan precisa. Debía existir alguna explicación. Algunos creyeron hallarla en el trabajo de los escribas, quienes, por prisas o por descuido, fueron simplificando sus primitivos signos pictográficos hasta desembocar en la caligrafía cuneiforme. No obstante, ninguna prueba arqueológica apoyaba esta teoría. Durante decenios se mantuvo el misterio, hasta que fue desvelado de un modo verdaderamente insospechado.

Un enigma desvelado
La piedra de Rosetta –arriba– permitió a J.F. Champollion –arriba, a la izquierda– descifrar en 1822 la misteriosa escritura egipcia. En el Antiguo Egipto se utilizaban tres sistemas: hierático, demótico y jeroglífico. Este último se organizaba en líneas horizontales o también verticales, como muestra este papiro de “El libro de los muertos”. Para averiguar la dirección de la lectura hay que fijarse en las figuras jeroglíficas: miraban siempre hacia el comienzo del texto.

En el año 1969, la arqueóloga estadounidense Denise Schmandt-Besserat inició su tesis doctoral sobre los usos de la arcilla en el Próximo Oriente antiguo. En principio, el tema poco tenía que ver con el nacimiento de la escritura. Sin embargo, junto a los adobes, las cuentas de collar y las estatuillas que sometió a estudio, Denise se encontró con unos singulares objetos de arcilla de apenas dos centímetros y de formas diversas: discos, conos, tetraedros, esferas, medias lunas, rectángulos... La investigadora interpretó finalmente que debían de formar parte de un sistema de contabilidad semejante a los ábacos. Los denominó calculi. Estas fichas de cálculo, destinadas según su forma a contabilizar distintos productos agrarios o ganaderos, eran antiquísimas. De hecho, las más primitivas podían datarse unos 9.000 años antes de Cristo. ¡Aún faltaban 5.000 años hasta la aparición de la escritura! Durante ese remoto periodo, las fichas no sufrieron variación. Sin embargo, hacia el año 3500 a.C. empezaron a producirse cambios significativos en la región. Surgieron las primeras ciudades y, con ellas, transformaciones socioeconómicas a gran escala, como el aumento de la población, la especialización artesana y el establecimiento de una auténtica producción en masa.
La necesidad de una contabilidad cada vez más compleja se hizo patente sobre el sistema de los calculi: las fichas no sólo se diversificaron en nuevas subvariedades, sino que muchas de ellas se perforaron, como claro testimonio de que fueron ensartadas a modo de registro en transacciones comerciales de cierta envergadura. Derivado de los calculi ensartados, apareció entonces un nuevo sistema para mejorar las garantías en los negocios entre mercaderes. Consistía en introducir varias fichas dentro de una bola hueca de arcilla o bullae, que luego se sellaba. Sólo salían a la luz cuando se rompía la esfera. Así, un transportista se cuidaría mucho de caer en la tentación de robar parte de los objetos durante la ruta, pues tanto las marcas exteriores de la bola como las fichas que contenía representaban la cantidad y el tipo de mercancías en ruta.

Aportaciones decisivas
Arriba, una muestra de escritura ugarítica, de la que nació el primer alfabeto de la historia. La tablilla hitita –a la derecha– constituye un buen ejemplo de cómo otros pueblos adoptaron la grafía cuneiforme casi sin variaciones. Los griegos –a la izquierda, una inscripción griega en piedra– culminaron la evolución de la escritura, ya que crearon el alfabeto representado por letras tal y como lo conocemos hoy.

Estas medidas, sin embargo, pronto se mostraron insuficientes para el volumen de negocios que movía el templo de Uruk, sede de un auténtico imperio comercial. Y fue entonces cuando se produjo el paso trascendental que daría lugar a la escritura. Las bolas huecas se sustituyeron por objetos planos de arcilla, más sencillos de archivar que los calculi y más sólidos que las bullae.
La semejanza entre los primeros signos sumerios sobre tablillas y las formas de aquellas primitivas fichas de contabilidad atestigua que la escritura sumeria no la idearon tan sólo unos escribas que, por descuidados y apresurados, se convirtieron en auténticos genios. Más bien fue la consecuencia de un sistema de contabilidad que venía de muy lejos y en el que, desde luego, participó toda la población. Aquel método de notación sobre tablillas utilizaba líneas rectas o curvas para expresar palabras. A veces eran dibujos naturalistas, como el de un pez que significaba "pescado". En otras, el trazo resultaba más esquemático e incluso poseía connotaciones simbólicas, como es el caso de un triángulo invertido para escribir "mujer". Pero también se idearon otros recursos para expresar acciones difíciles de dibujar rápidamente. Así, el verbo "comer" se escribía uniendo la grafía que expresaba "boca" con la que significaba "pan".
La necesidad de escribir nombres propios, indispensables en las transacciones comerciales, fue quizás la que condujo de modo decisivo al descubrimiento de la gran piedra angular de la escritura, el principio de fonetización: asociar palabras difíciles de expresar por escrito a signos que se les parecen por su sonido y que son fáciles de dibujar. Nuestro burrito de la infancia, por decirlo de algún modo, había echado a andar. Y a buen trote, por cierto.
No obstante, para los sumerios todos los signos eran palabras. Incluidas las sílabas. Su sistema de escritura, pues, no resultaba sencillo. Y aprenderlo requería años de arduo esfuerzo. La figura del escriba se hizo entonces imprescindible. Si en algún lugar el escriba es representativo de una civilización, resulta obligado mirar hacia el Antiguo Egipto.
Durante décadas, la más enconada polémica entre egiptólogos y orientalistas estuvo centrada precisamente en el tema de la invención de la escritura: ¿fueron los mesopotámicos o los egipcios? Los métodos arqueológicos de datación más avanzados han resuelto la cuestión otorgándole el honor a Mesopotamia. La escritura egipcia surgió algo más tarde, hacia el año 3100 a.C. Y lo hizo provista ya de todos sus medios técnicos. Los jeroglíficos se emplearon durante más de 3.000 años, hasta el siglo IV de nuestra era. Se puede datar con toda exactitud el lugar y la fecha de la última inscripción: en la isla de Filae, el 24 de agosto del año 394. Respecto a la escritura cuneiforme mesopotámica, el último testimonio se remonta al año 75, también de nuestra era. Paradójicamente, proviene de Uruk, la misma ciudad que vio nacer la escritura. ¿Por qué el cuneiforme mesopotámico y los jeroglíficos egipcios dejaron de utilizarse?
Lo cierto es que aquellos remotísimos sistemas de notación eran de un manejo muy complicado. Estaban reservados a castas de especialistas que no sólo preservaban su cultura, sino también sus privilegios. De ahí que los escribas manifestaran una férrea hostilidad hacia cualquier simplificación, pues ello podría hacer peligrar su puesto de trabajo. Así, la escritura cuneiforme mesopotámica contaba, hacia su ocaso, con varios centenares de signos. Y los jeroglíficos con casi cinco mil . Podían haber evolucionado hacia una mayor simplificación, hasta encontrar un verdadero alfabeto. Pero, sencillamente, los escribas no supieron o no quisieron inventarlo. La simplificación llegó desde otras geografías. Numerosos pueblos residentes en la periferia del foco sumerio aplicaron las grandes posibilidades que les daba el imperfecto silabario cuneiforme.
Ninguno de estos pueblos llegó a desprenderse por completo del uso de los signos léxicos, pero redujeron su número de manera significativa y sistematizaron el empleo de los silábicos. Hacia el siglo XIII a.C., por ejemplo, los montañeses de Elam obtuvieron un sistema de 102 signos silábicos y sólo siete léxicos. La culminación, sin embargo, se alcanzó en Creta en torno al año 1450 a.C., con un sistema de tan sólo 62 signos silábicos.

Todo empezó en Mesopotamia
La necesidad de registrar las mercancías o de garantizar las transacciones comerciales propició la invención de la escritura en Mesopotamia. Tras este punto de arranque, el sistema comenzó a ramificarse hacia otras civilizaciones que realizaron sus propias aportaciones. Egipto, por ejemplo, dejó a un lado la grafía cuneiforme ideada por los sumerios para crear la escritura jeroglífica.

A pesar de estos avances, no cabe duda de que el alfabeto constituye la forma más idónea y, sobre todo, más adaptable de la escritura: un pequeño número de signos gráficos convencionales que transcriben cada uno un único sonido. Este sistema, tan sencillo y familiar para nosotros, constituye sin duda el invento más revolucionario que haya producido la humanidad en el terreno cultural. Su simplicidad, además, permite su uso por cualquiera y en cualquier idioma, tras un breve periodo de aprendizaje.
No se sabe a ciencia cierta cuál fue el origen del alfabeto, aunque pueden calificarse de precursoras las escrituras semíticas occidentales, derivadas del jeroglífico egipcio. Es el caso de los pseudojeroglifos de la antigua ciudad fenicia de Biblos, con 80 signos y datados en fecha tan remota como el 2500 a.C. Más tardías –del siglo XVIII a.C.– son las inscripciones protosinaíticas halladas en la península del Sinaí, con sólo una treintena de signos, o los textos protocananeos de la antigua Palestina, con diferentes hallazgos que abarcan desde los siglos XVIII al XIII a.C. Lamentablemente, todas estas inscripciones han resultado ininteligibles o de muy difícil comprensión para nosotros.
Distinto es el caso del alfabeto ugarítico, denominado así por proceder de la ciudad siria de Ugarit. Es el más antiguo del que se conocen todos sus signos y del que se dispone de gran cantidad de textos para comparar su lectura. Los documentos, descubiertos en 1929 en la zona de Ras-Shamra (Siria), promontorio donde se erigió Ugarit, constan de más de dos mil tablillas y pueden fecharse entre los siglos XIV y XIII a.C. Este alfabeto comprendía al principio treinta signos, que luego fueron reducidos a veintidós. Su grafía, cuneiforme aún, dista todavía del sencillo y económico trazo mediante líneas que identifica una letra, tal y como la concebimos hoy. Este motivo ha provocado que no pocos especialistas tengan serias dudas a la hora de calificar la escritura ugarítica como el primer alfabeto de la historia.
La verdad es que el carácter lineal de nuestra escritura constituye un auténtico broche maestro de sencillez, añadido cómo no a la propia simplicidad que representa en sí mismo el alfabeto. Y, hay que reconocerlo, las inscripciones fenicias, con un sistema de veintidós signos, al igual que el ugarítico, son un prodigio de caligrafía fácil. Sólo a los fenicios se les podía ocurrir. Comerciantes innatos, su estructura económica los había convertido en los más importantes abastecedores de mercancías y servicios en el Próximo Oriente. Necesitaban un instrumento de trabajo eficaz para su intensa actividad comercial, y las complicadas escrituras logosilábicas, que requerían largos años de aprendizaje, eran la antítesis de la eficacia. Y del beneficio económico rápido, todo sea dicho. Los fenicios no sólo idearon el alfabeto, sin duda adaptándolo de ensayos precedentes que tuvieron la pericia de mejorar, sino que dotaron a las letras de una forma más asequible. Pero se olvidaron de incluir las vocales. Esta ausencia nunca ha sido explicada satisfactoriamente, pero en su descargo siempre habrá que tener en cuenta que el alfabeto fenicio fue elaborado para transmitir una lengua semítica y que, a efectos de uso, se hallaba perfectamente adaptado a ella. Aún hoy, árabes y hebreos disponen de puntualizaciones vocálicas, pero prescinden de ellas en la práctica.

Los creadores de las vocales, y por tanto del alfabeto completo, fueron los griegos. Sin embargo, conviene matizar su protagonismo. En primer lugar, fue tomado directamente del fenicio hacia el siglo VII a.C. Los propios helénicos se referían a su escritura con el nombre de "fanikéia grammata", que significa "escritura fenicia". En segundo lugar, los veintidós primeros signos del griego se corresponden, en términos generales, con los mismos signos consonánticos fenicios. Y por último, y aunque desde el periodo más antiguo usaban ya todas las vocales, el origen de éstas debe buscarse en las lenguas semíticas, que contaban con ciertos signos que expresaban las denominadas consonantes débiles, que para los griegos no correspondían a sonidos. Lo que hicieron fue convertir tales signos, innecesarios para ellos, en vocales.
Con el alfabeto, cuyo remoto origen se halla en algo tan ajeno a él como los calculi mesopotámicos, la evolución de la escritura llegó a su fin. No faltan los mitos en su larga y compleja historia. Una leyenda sumeria atribuía su invención a Emmerkar, gran rey de Uruk. Según los babilonios, su creación era obra del dragón Nabu, dios de la sabiduría. Y los egipcios mantuvieron la creencia de que fue la divinidad Thot quien enseñó a escribir a los hombres. Los griegos concebían al ser humano como la medida de todas las cosas, por lo que carecían casi por completo de mitología sobre la escritura. Sabían su procedencia y no necesitaban especular con sus orígenes mágicos.
Herederos de los logros del Oriente Próximo y del Egipto de los faraones, los antiguos griegos dieron el acabado final al alfabeto, una herramienta de comunicación y fijación de conocimientos fundamental y asequible. Pueden existir sociedades que, disponiendo de lenguaje propio, desconozcan la escritura; pero una civilización, con todos los elementos que la definen como tal, no puede existir sin ella. Y la propia escritura, como se pone de manifiesto en el proceso de su invención en Sumer, tampoco puede existir sin una civilización.

Con la tablilla de escribir en su regazo, el famoso "Escriba sentado" muestra el orgullo de una casta que poseía los secretos de la complicada escritura egipcia.

Yo, de mayor, voy a ser escriba

En el Antiguo Egipto, el puesto de escriba figuraba entre los más codiciados. Quizás el que más. No en vano, una vez conseguido el título se podía ascender rápidamente hasta llegar incluso a ser visir o tati, el más alto cargo político después del faraón. Pero el camino no resultaba fácil. Convertirse en escriba suponía largos años de aprendizaje que comenzaban desde la infancia. Los candidatos iniciaban sus estudios entre los cinco y diez años, ingresando en las escuelas que se habilitaban en los templos y que estaban a cargo de sacerdotes. Veteranos escribas eran los encargados de instruir a los pequeños en el difícil y complejo arte de la escritura egipcia. No escribían sobre rollos de papiro, pues resultaba demasiado caro en las tareas de aprendizaje. Así que los escolares debían conformarse con deslizar sus plumas de caña sobre lajas de piedra. En ellas escribían durante horas y horas fragmentos de textos famosos en aquellos tiempos, como El Himno del Nilo. En una laja escolar de la época un alumno escribió: "Las horas de clase son eternas, como las montañas." Una mala caligrafía, un borrón de tinta o "quedarse en blanco" mientras se recitaba un texto eran motivos más que suficientes para despertar la ira del maestro escriba y recibir un fuerte bastonazo. De hecho, el profesor siempre impartía la clase con una vara en una de sus manos. Jamás se separaba de ella, por si acaso. Tras los primeros años de estudios en los templos, los alumnos más aventajados ingresaban en las "Casas de la Vida", una especie de institutos donde completaban su formación con asignaturas de contenido científico y religioso. Pocos lograban culminar la carrera, tanto por su coste económico como por el alto nivel de exigencia. Quien lo conseguía, eso sí, tenía la vida solucionada para siempre.

 

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